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Son personajes peculiares, los escritores. Existe, como en todas las profesiones, un estereotipo: las gafas, la timidez, los dedos alargados, incluso algo de torpeza…

Y en Cartagena se vieron esos, y también gordos, algunos musculosos o de figuras elegantes y los desgarbados. Los vimos altos y bajos, unos más cuya imagen ya no recuerdo; pues fueron sus ideas, sus voces, sus palabras las que fuimos a buscar. Estas fueron las que logré capturar entre la jaula de mi desordenada memoria.

Santiago Gamboa escribe esos libros que le hacen falta a su biblioteca. El escritor es el primer lector de un texto que presiente como necesario. El escritor escribe el libro que quisiera leer, que requiere leer; que le sugiere todo lo que ya existe. Mario Bellatín, en cambio, describió su proceso de escritura como una compulsión; llenar páginas y páginas en una obsesión que se inició cuando descubrió la maquina de escribir de su abuelo. El gusto por ver las hojas escritas lo llevó a pasar a maquina las etiquetas, los letreros de las cajas de cereal y cualquier pensamiento.

El autor bestseller alemán Davis Safier se hizo escritor después de leer un libro; al terminar “The hitckhicker’s guide to the galaxy” supo que sería escritor con la nitidez de esas palabras ya asentadas irremediablemente en el papel. Lo recordó también el italiano Bruno Arpaia; encontró su destino en un resquicio de «Cien años de soledad»; leyéndolo se dio cuenta de que el libro lo invitaba de una manera irremediable a convertirse también en un escritor. Ambos añoran que alguno de sus libros encierre ese mensaje cifrado entre sus páginas y que en el deambular de la literatura finalmente dé con ese receptor que continúe la tarea de pasar este vicio.

Los escritores hablaron del futuro. Y es natural que esta sea una preocupación de quienes están dedicados al quehacer literario. A través del arte se crean los conceptos teóricos que nos permiten leer e interpretar los acontecimientos de la vida, de manera que no es fácil saber si los sentimientos los tenemos porque así nos los inculcó la cultura, o si esta simplemente hizo el oficio de recogerlos, embellecerlos y convertirlos en algo común para la humanidad. Pero si la cultura traza el camino que luego recorren los hombres, la invitación de los escritores fue hacia lo simple, lo sencillo. El poeta nigeriano Ben Okry lo sintetizó en una palabra: silencio. Sólo en medio de la soledad de las consciencias es posible entenderse como responsable del mundo, de cada acto.

El estadounidense Jonathan Franzen -resaltado por la prensa de su país como sucesor de Steinbeck y Fitzgerald-, leyó apartes de «Freedom» y dejó ver esa ridícula ilusión que cargamos todos de que el mundo sea mejor, y que en esta época se desfigura en un mercantilismo que simplemente hace de un Ipod algo que mejora el mundo.

Me conmovió la charla de Evelio Rosero Diago. Es un escritor que he seguido con fervor desde su memorable libro de cuentos «El aprendiz de mago» merecedor del Premio Nacional de Literatura y que me dio el secreto para volar: «convénzase de volar y vuele». Su novela «Los ejércitos» es un testimonio de la realidad tan triste que le ha tocado vivir a esta patria hundida por el huracán de la violencia. Su nuevo libro la Carroza de Bolívar donde se dibuja un Bolívar terrible y temible responde a esa relación tormentosa que tuvieron los pastusos con el Libertador. Para mi Bolívar es uno de los hombres más grandes y por eso encuentro mucho valor en recoger esa visión siniestra del Padre de la Patria; eso lo complejiza, lo enriquece y muestra que no todas su gestas fueron gloriosas; era un hombre al fin y al cabo.

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