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La Alcaldía de Bogotá, un galimatías electoral

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La elección del Alcalde de Bogotá está convirtiéndose en un debate que abarca mucho más que el destino de la ciudad: las fuerzas políticas pretenden medirse.

Petro representa la izquierda depurada de los escándalos de corrupción; Peñalosa, acompañado por Uribe, es la ficha de la U; la inminente unión de Galán con Luna constituye el primer éxito de la integración liberal que planean Santos y Vargas Lleras. Si este fuera el debate sería muy interesante, porque empezaría a clarificar la configuración política que ha surgido bajo este gobierno. Nos colocaría frente a tres tendencias definidas: izquierda, derecha y centro izquierda. Pero es  solamemte la superficie del debate; tiene matices que lo complejizan. Petro no representa toda la izquierda; el Polo Democrático no lo acompaña, tiene su propio candidato, Aurelio Suarez. Peñalosa no es uribista y su partido hace parte de la Unidad Nacional santista. Galán y Luna pertenecen a una nueva generación, pero están a punto de convertirse en fichas de proyectos menos novedosos. Los dilemas para los electores están planteados. Los de izquierda tendrán que sopesar el daño que le puede causar al Polo Democrático -como la institución que ha logrado consolidar a la izquierda de una manera consistente en el país- la elección de un candidato que no hace parte del proyecto, sino donde él mismo es la bandera. Se
trata de un retroceso en términos de partido y un paso hacia los reconocimientos personales y caudillistas. El triunfo de Petro es una fractura definitiva de la estructura de izquierda, que después de esto, seguramente, tendrá dos vertientes, ello dificultará la conquista de nuevas posiciones de poder. Pero al mismo tiempo, él es la única opción viable para que la izquierda continúe en el gobierno de la capital y logre superar el desprestigio en que la han sumido los Moreno. El voto de renovación joven de Galán y Luna tiene el atractivo de separarse de una generación de políticos que ha mostrado ya muchos fracasos, pero se está convirtiendo en el voto más tradicional de todos. La unión de Vargas Lleras y los liberales en esta elección es el primer paso de la unificación liberal; con ella Santos se juega su primera carta contra el uribismo. Los uribistas debaten si deben votar por Peñalosa, que no representa al uribismo, pero que por el apoyo de Uribe se convertió en la ficha del partido de la U. La mayoría de los uribistas no quieren votar por ese candidato, pero si Peñalosa no gana, Uribe va a ser culpado de la derrota y derrotado él mismo. Si gana, Peñalosa, que ha sido ambivalente en su aprecio por los uribistas, seguramente optará también por menospreciar el apoyo recibido. Además su victoria es también la de Santos, pues vale recordar que los Verdes se anexaron a la Unidad Nacional. Por su parte los Verdes, al borde de la desintegración, han jugado todas sus cartas sin orden y con poca estrategia; consolidaron el apoyo de Uribe y perdieron a Mockus. Una vez estuvo amarrado el expresidente, se unieron a Santos. Eso tampoco les salió bien; muchos de sus integrantes quedaron molestos y el Presidente se muestra más cercano a las candidaturas jóvenes. Así las cosas, como electores debemos sopesar los riesgos y conveniencias de nuestro voto. La ciudad requiere una intervención pronta y diligente, pues la calidad de vida de los capitalinos es casi inexistente. Al mismo tiempo, el voto en Bogotá se vuelve un referente para entender y concretar  la dinámica de la política nacional. Muchos como yo estarán desorientados a la hora de equilibrar lo que le conviene a Bogotá con lo que se aspira para el país.

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