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La Alcaldía de Petro

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¿Habría Petro alcanzado la Alcaldía de Bogotá si no hubiera sido guerrillero? ¿Si no hubiera recibido todos los beneficios que le otorgó el gobierno Gaviria? Esta son algunas de las cuestiones que atormentan a muchos colombianos.

Es perturbador que la violencia reciba reconocimiento; que la violencia pueda ser alguna vez un camino hacia la política. Sin embargo, hay que reconocer que la política colombiana ha estado marcada muchas veces por componentes y líderes violentos. El problema se resume entonces en una sola pregunta ¿Hasta cuándo?

Cada vez que para solucionar la coyuntura se cede y los violentos ocupan el poder o la violencia garantiza el triunfo, pensamos que será la última vez, pero se repite. Es un ciclo nefasto que tiene que terminar.

Petro entendió más rápido que otras personalidades de la izquierda –que no estuvieron en la guerrilla- que debía deslindarse completamente de la lucha armada. Hizo declaraciones fuertes contra las Farc y contra todos los grupos violentos y eso le dio prestigio dentro de la izquierda y el centro. Hay que reconocerle a Petro su capacidad de haber entendido que los colombianos no toleramos más el vínculo entre política y violencia.

Sin embargo, cuando se analiza su discurso aparecen visos que indican que si bien hoy considera que la lucha armada está llamada a terminarse; no parece convencido de que las acciones armadas del M19 hayan sido una equivocación; a veces –da la impresión- de que le parecieron necesarias. Estas consideraciones son las que generan preocupación, pues estaría -otra vez- justificando el uso de la violencia, cuando ésta nunca es justificable. La desmovilización del M19 tiene que ser la última que admita que los violentos ocupen cargos públicos. El país no debe volver a entregar por la “paz”, valores superiores como la separación total de la política y la violencia. Dicho esto, es también necesario que aceptemos los indultos, y acatemos como Nación las decisiones que se tomaron.

La llegada de Petro al segundo cargo de la Nación ha dado para todo tipo de temores; algunos prefieren que a Bogotá le vaya mal con tal de que la carrera política de Petro no avance. Es una visión errada. Vale recordar que todos los alcaldes de Bogotá se han sentido presidenciables; y sólo uno lo ha conseguido. Lo cierto es que Petro es el alcalde y, en la democracia una vez se es elegido, el mandato se extiende más allá de los electores. Esto significa que el destino de la ciudad está en sus manos y que no podemos sino desearle suerte en su tarea, pues en ella se juega nuestro propio destino.

La Alcaldía de Petro supone un gran reto para la ciudad. La calidad de vida de los bogotanos está desmejorada hasta límites impensables; la gente no puede desplazarse o para hacerlo requiere mucho tiempo; la ciudad está llena de atracadores, hay pobreza, problemas de vivienda, ambientales, desempleo y miles de desplazados deambulando por vías destruidas. Por supuesto, lo único en lo que deberíamos coincidir todos es en la ilusión de que el nuevo Alcalde interprete estas necesidades y nos traiga soluciones.

Quienes no compartimos su elección debemos contribuir con una oposición seria y aguda que no es -como parecen entenderlo muchos en el país- un plan de destrucción. Al hacer todos parte de una sola sociedad, las objeciones siempre debe estar en la procura del bien común.

No hace bien el Alcalde al seguir los pasos del Presidente Santos y señalar que quienes lo critican son enemigos; muchas reproches vendrá de ciudadanos que queremos contribuir en la reflexión y la discusión sobre lo que le conviene a Bogotá y a Colombia. No estar de acuerdo con los mandatarios es un derecho y prueba de una genuino compromiso con el futuro.
 

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