Publicidad

¿Lucha romántica?

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

No es romántica la lucha que engendra la muerte colectiva y que produce alegría cuando sus partidarios son dados de baja.

La muerte de Cano es el fin de una época. Muchos colombianos durante los 60s y 70s estaban convencidos de que la izquierda era la salida para los problemas de los países, más aún tuvieron la idea de que la violencia era un mecanismo útil para alcanzar ese sueño. La democracia nunca les pareció suficiente porque encontraban al pueblo sumido en costumbres que no les hacían justicia. Veían en el voto un proceso que se movía por mecanismos que no iban a ser capaces de elegir esas ideas que los izquierdistas encontraban fundamentales.  Había pues una postura dual: la búsqueda de unos ideales que iban a beneficiar a las sociedad y al mismo tiempo la idea de que esa sociedad no iba a llegar a ellos por su propio movimiento: era necesario forzarla por su propio bien.

La idea que muchos consideran romántica, no sólo era antidemocrática, sino soberbia. Una búsqueda del bienestar por la fuerza. Por supuesto, que el capitalismo de la época tenía una serie de características que podía dar lugar a una interpretación según la cual era un sistema terrible que acabaría con la libertad y la esencia misma de la humanidad. Aquello nunca será suficiente para justificar el sufrimiento y la sangre que este y otros países han tenido que soportar en la guerra que buscaba su destrucción. Por nocivo que se considere el sistema capitalista, lo cierto es que tiene la enorme ventaja de haber surgido de la interacción humana; nadie lo impuso. Consecuentemente, el capitalismo se ha ido adaptando de acuerdo a los movimientos sociales y ha generado las herramientas para propiciar los cambios que las sociedades requieren para ser más justas y mejores, dándole contenido a esos términos según los valores sociales que prevalecen.

Hoy en día no existen teóricos del mercado que no reflexionen en torno al tema de la justicia social. La búsqueda de la felicidad o del bienestar es el fin último de esas ciencias sociales; lo que varía es la respuesta, el procedimiento mediante el cual se puede alcanzar. Para unos es el Estado grande interventor y redistribuidor; para otros un mercado fuerte que enriquece primero a unos y luego termina por beneficiarlos a todos. El debate se da en la academia, se lleva a las plazas públicas y se discute en el Congreso, en las políticas del ejecutivo y en la interpretación de la ley; pero nunca en la violencia.

Colombia tuvo que soportar esa “discusión” en la propia carne y vida de sus ciudadanos. Aquello lo convirtió en un país de dolorosas contradicciones; nos ha tocado vivir un mundo triste donde hay que celebrar hechos que en otros contextos serían detestable. Nos han tocado momentos monstruosos donde las cámaras de televisión nos muestran hombres y mujeres encadenados a árboles entre la selva, asomando los rostros afilados y los ojos sin brillo surcados de ojeras detrás de alambres de púas. Las familias rematando los bienes para comprar la libertad de sus miembros. Hemos tenido que celebrar lo que es apenas natural en otros países, como los niños en  brazos de sus madres,  la gente pudiendo estar con su familia. El camino nos ha obligado a apreciar valores que para la humanidad son tan usuales que los ha olvidado; como la libertad, el derecho a elegir vivir en un pueblo y no tener que vivir en una ciudad forzado y desplazado, el poder  salir de una ciudad a otra por una carretera. Una sociedad así no puede hacer otra cosa que celebrar cuando el jefe de los verdugos es dado de baja.

@palomavalencial

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido