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Hace una horas acompañamos al novelista, fotógrafo y periodista Rafael Baena a cumplir su último deseo: que lo cremaran sin velaciones, misas, ni aspavientos. Y también abrazamos a Amalia Carrillo, el amor de su vida; a sus hijos, Valeria y Samuel; y a los amigos que nos identificábamos en el dolor de su partida.
Fue una ceremonia sencilla como su vida, alejada siempre de los apegos o de las loas tontas del poder. Solo hubo una despedida breve y entrañable de Juan Camilo Sierra: “ninguno está preparado de forma coherente para partir, como partió Baena. Él sí,” dijo.
Y es que cuando hace cerca de diez años Rafa sufrió el primer ataque que lo dejó sin aire, a raíz del cual le diagnosticaron un epoc ocasionado por los miles de Pielroja que se fumó cada año, supo que estaba condenado a padecer una asfixia creciente. Entonces aceleró la escritura de su primera novela y, como dice el periodista Héctor Rincón, “tomó la literatura con tal fruición, como si ella fuera el oxígeno que ya no tenía”.
Fue así como Baena, quien siempre había amenazado con escribir literatura y había ingresado al periodismo por la puerta de la fotografía para convertirse luego en uno de los mejores cronistas y editores de cultura del país, aprovechó cada segundo y cada bocanada de aire que lograba llegar a sus pulmones enfermos, para dejarnos una saga de magníficas novelas históricas sobre la guerra de independencia, las guerras del siglo XIX, la de los Mil Días y la de las últimas décadas, guerras que para él eran una sola.
Su obra de estos años (las novelas Tanta sangre vista, 2007; ¡Vuelvan caras, carajo!, 2009; Samaria Films XXX, 2010; La bala vendida, 2011; Siempre fue ahora o nunca, 2014; La guerra perdida del indio Lorenzo, 2015; ‘Ciertas personas de cuatro patas’, ensayo, 2014; más una novela inédita), demuestra su manera vertiginosa de escribir o, mejor, de usar la literatura para enfrentar la muerte.
Pero además de ser un estupendo fotógrafo, periodista y novelista, Rafa era un gran ser humano. “Transparente, dulce”, dice el poeta Darío Jaramillo Agudelo.
Sí, Rafael Baena era un buen hombre. Lo conocí en 1994, cuando ingresó como fotógrafo a la revista Cambio16 y se convirtió en una pieza fundamental de ella, como editor gráfico, escritor y miembro inmejorable del equipo. A propósito de esa época, en un correo que me envió para advertirme que probablemente no podría asistir el 31 de octubre a la comida que para reunir a la familia de la revista, hice en mi casa, Rafa me escribió: “Cambio16 y su gente son para mí recuerdos que guardo en la cajita donde sólo entran los episodios entrañables, y por esa razón tengo toda la intención de asistir(…)Si llegada la hora de nuestra cita me siento con fuerza, allí estaré”.
Pero esa fuerza no le llegó. Esa tarde, por el teléfono, sentí que casi no podía respirar. Hace unos diez días hablé con él por última vez. Lo llamé para preguntarle un dato que no había logrado encontrar: ¿cuántos muertos hubo en las guerras del siglo XIX, desde la Independencia hasta antes de la Guerra de los Mil días, Rafa?. “Unos 40 mil, jefa”, me dijo con certeza y cariño.
Lo percibí mejor. Quedamos de encontrarnos esta semana. “Yo voy a tu casa, Rafita”. “O yo voy a la tuya con mi generador de oxígeno”, dijo.
No imaginé que nuestro encuentro ocurriría antier en los Jardines de Paz.
¡Adiós, viejo Rafa! ¡Qué falta vas a hacernos! Pero nos dejas tu ejemplo. Y nos quedan tus libros.