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El rechazo generado contra el Bolillo Gómez por golpear a una mujer en un bar, lo cual forzó su renuncia a la dirección técnica de la Selección Colombia, fue una actitud lógica y sabia en un país harto de violencia, donde el maltrato es la primera causa de que los adolescentes abandonen sus hogares para refugiarse en la guerra.
Aun cuando se levantaron voces que aducían que no era para tanto, que esas golpizas de borrachos a mujeres ocurren a diario, que no puede mezclarse la vida privada con el desempeño profesional, que los medios se ensañaron con el Bolillo, y a pesar de que no se conoce el porqué de la agresión y de que una dirigente conservadora se fue lanza en ristre contra las mujeres y defendió al director técnico, su renuncia al cargo, en su calidad de figura con la que se identifican los colombianos, era importante para sentar el precedente de que ni siquiera a personas influyentes se les toleran la violencia y el abuso, especialmente contra las mujeres y los niños. No se trata de que el empleo deba perderse por incurrir en ese tipo de violencia sino de que, en este caso, había que dar ejemplo.
Las cifras conocidas de maltrato a las mujeres son de por sí aterradoras. Y si se piensa en que sólo una mínima proporción de mujeres se atreve a denunciar el maltrato de su pareja, el panorama es alarmante: según un informe de Medicina Legal, 51.182 mujeres fueron maltratadas en Colombia en 2010, y los agresores, en la inmensa mayoría de casos, fueron sus compañeros sentimentales. Y según una fuente del Centro Nacional de Consultoría, cerca del 15% de las mujeres dice haber sido golpeada alguna vez por un hombre.
¿Pero por qué las mujeres toleran el maltrato y sólo cerca del 10% denuncia a sus parejas? Según Medicina Legal, ello se debe al miedo a perder el apoyo económico de sus compañeros. Pero detrás de ese temor, hay uno mayor, basado en la inseguridad de las mujeres en sí mismas, que las lleva ¡a aguantarlo todo con tal de sentir al hombre cerca! Es el pánico a soltar amarras y a volar solas y libres de manera autónoma lo que las mantiene atadas a la infelicidad.
Incluso las desplazadas, que se emplean en las ciudades con mayor facilidad que sus parejas, y con frecuencia se convierten en líderes comunitarias y en proveedoras del hogar, mientras que los maridos permanecen desempleados y deprimidos, soportan, en esa situación, mayor violencia de sus compañeros, quienes, al verse disminuidos, se desquitan contra ellas. Y ellas, a su vez, ¡se desquitan con sus hijos! ¡Es un círculo infernal de violencia que hay que romper!
En este país, donde la mujer tiene en promedio un año más de escolaridad que los hombres, donde cada vez está más preparada e irrumpe con mayor fuerza en el mercado laboral, aún nos falta mucho por aprender: en especial, a no temerle al desamparo y a la soledad, y a gozar de la espléndida compañía de quien, de verdad, nunca va a abandonarnos: ¡nosotras mismas!
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A los amantes de la comida árabe, les recomiendo que visiten el restaurante El Árabe (calle 69A N° 6-41), de barranquilleros descendientes de inmigrantes del Líbano. A un mes de haber abierto, vive lleno de gente que se deleita con las recetas de las abuelas, preparadas por la chef Samya Cure. Especialmente sabrosa es la entrada de berenjenas con trigo, Burgol A Kussa, un platillo que las abuelas árabes preparaban en épocas de escasez.