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En Colombia hemos sido salvajes: nuestras guerrillas, paramilitares y muchos soldados han cometido crímenes atroces.
Pero los europeos, que representan la cuna de la civilización, no se han quedado atrás, y hasta nos ganarían en una competencia de salvajismo: en realidad, la barbarie a la que llegaron los ingleses, holandeses y demás colonizadores de África se vuelve indescriptible al mirar un par de países de ese continente.
Gracias a la hospitalidad de nuestra embajadora ante los gobiernos de Ghana y países de África Occidental, Claudia Turbay, quien maneja a las mil maravillas las relaciones con los distintos sectores de la sociedad de Ghana, donde tiene su sede, mi hija María y yo pudimos explorar ese país, conocer su organización tribal, visitar al rey de Ashanti, uno de los más poderosos de Ghana, descubrir la música y los bailes, conversar con los poetas y periodistas, recorrer los pueblos —tan parecidos a los más pobres de la costa colombiana— y, al final, llegar hasta Cape Coast para ver uno de los fuertes desde donde los europeos embarcaban a los esclavos hacia América. Y fue allí donde nos estrellamos contra esa crueldad impensable de la llamada civilización humana: la esclavitud, que duró cerca de cuatro siglos durante los cuales los gobiernos, la Iglesia y todos fueron cómplices de ese sistema mediante el cual los negros se compraban y vendían como animales a un precio que se tasaba según su aptitud para los trabajos forzados que los mandarían a hacer en América, donde las grandes fortunas se construyeron gracias a la explotación inhumana de los africanos. Pero, antes de embarcarlos, los británicos y holandeses los hacinaban en el fuerte de Cape Coast y allí los mantenían durante tres o cuatro meses en socavones húmedos, carentes de letrinas, de agua, de ventilación y de luz, para examinarlos y ponerles precio, y a los hombres los aislaban de las mujeres, y a ellas las guardaban con sus niños en socavones similares, y a las madres las separaban luego de sus hijos, y las violaban, y a los que se atrevieran a protestar los encadenaban y, después, los embarcaban para América, donde los seguían maltratando y discriminando. Y, sin embargo, a pesar de que la esclavitud terminó en el siglo XIX y la colonia continuó hasta hace medio siglo, hoy los ghaneses sonríen y son alegres. Los sudafricanos, en cambio, muestran en sus rostros el resentimiento y la rabia que aún arrastran.
Y es que no obstante que Nelson Mandela y sus compañeros en la lucha contra el regimen de apartheid impuesto por los blancos lograron que, en los 90, se derogaran las leyes que ordenaban la segregación racial, prohibían las relaciones sexuales entre las distintas razas, le daban la inmensa mayoría de la tierra de Sudáfrica a la minoría de blancos, establecían que la educación de calidad no fuera accesible para los negros, y separaba los colegios y los buses y hasta las iglesias de blancos y negros, están muy frescas aún en el recuerdo la discriminación y la humillación causadas por esos blancos que llegaron al extremo sur del África y decidieron que ese lugar tan estratégico iba a ser sólo para ellos y que, por eso, los nativos de la zona tendrían que someterse a sus designios.
Sí, en estos 20 años los blancos y los negros sudafricanos apenas han aprendido a tolerarse…
Esa es una buena lección para Colombia: en vez de ahondar más nuestras heridas, más vale que encontremos ya la forma de tolerarnos en paz.