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CUANDO ESCRIBO ESTA COLUMNA estoy en Nueva York, observando votar a los norteamericanos en sus cubículos al accionar palanquitas en unos tableros parecidos tal vez a los de un avión ruso de la posguerra, luego de haber ido a Chicago, la tierra de Barack Obama, senador por Illinois, quien espero que ayer haya sido elegido el primer presidente negro de los Estados Unidos, porque a la hora de marcar el voto la mayoría de este país de tradición racista no se haya dejado empujar por esa vocecilla interior que debió haberles dicho: “usted no puede votar por un negro”.
Estas han sido las elecciones presidenciales más interesantes de los Estados Unidos en muchos años. Los gringos se han sumergido durante meses en una verdadera obsesión política acrecentada por la crisis económica de la que culpan al gobierno de Bush, todo lo cual los ha hecho en las últimas semanas no tener tema distinto al de Obama o McCain y al de las cifras de las encuestas que se han divulgado minuto a minuto.
Definitivamente se ha elegido entre dos opciones bien distintas: mientras John Mc Cain, senador por Arizona, es un veterano de guerra que estuvo preso en Vietnam, derechista setentón atacado por el cáncer y que, al ser bastante posible que su vida no se prolongue muchos años, cometió el error de escoger como fórmula vicepresidencial a Sarah Palin, gobernadora de Alaska, considerada incapaz por muchos, Obama es un liberal negro, hijo de un keniano, un cuarentón con gran sex appeal y repleto de vida, brillante abogado de Harvard que eligió como su vicepresidente a John Biden, senador por Delaware, un demócrata muy liberal, de extracción popular, con experiencia en relaciones internacionales.
Y los norteamericanos también han escogido entre dos políticas opuestas: mientras McCain ha dicho que saldrá victorioso de Irak después de haber ganado la guerra, Obama ha anunciado que hará un retiro prudente de las tropas y que cerrará la base de Guantánamo.
Mientras McCain ha transmitido el mensaje de que continuará con la dura política de Bush con respecto a los jefes de Estado de izquierda de América Latina —Fidel Castro, Hugo Chávez, etc.—, Obama ha dicho que suavizará el bloqueo a Cuba, que dialogará con Chávez e, incluso, se ha atrevido a manifestar que hasta lo haría con un sector de Al-Qaeda. Sin embargo, ha afirmado que continuará involucrado militarmente en Afganistán.
Mientras McCain ha prometido no elevar los impuestos y hacer crecer la riqueza, Obama ha dicho que se los aumentará a quienes ganen más de 250.000 dólares al año, esto es, a la pequeña minoría rica del país y que, así, logrará que se redistribuya el ingreso de manera más equitativa.
Mientras McCain ha acusado a Obama de ser socialista, el candidato demócrata ha respondido que lo que su contendor llama socialismo él lo denomina equidad. Y mientras McCain es un multimillonario propietario de siete casas, Obama es un exitoso ex profesor de derecho constitucional, quien vive en una enorme mansión construida en ladrillo rojo, de estilo tudor, con un jardín privado sombreado por árboles inmensos, localizada cerca a la Universidad de Chicago, en una esquina de Hyde Park Boulevard, casa muy similar a la que en Bogotá tiene un hombre tan rico como Luis Carlos Sarmiento Angulo.
Esas son las diferencias… Ojalá, apreciados lectores, hoy hayamos amanecido inaugurando la “revolucionaria era Obama”…