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Gabo no contado

Patricia Lara Salive
11 de septiembre de 2014 – 09:58 p. m.

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Este libro de Darío Arizmendi es el retrato de ese Gabo íntimo, de lavar y planchar; de ese amigo cómplice que menciona Jon Lee Anderson en su presentación; de ese hombre entrañable que era, como dice el norteamericano.

El libro, armado con base en las entrevistas y las crónicas que de él escribió Arizmendi, y las notas que sobre sus encuentros con él guardó el periodista desde comienzos de los 80, cuando lo conoció a raíz de la carta que Gabo le envió proponiéndole su sueño de hacer un periódico que íbamos a llamar El Otro, retrata al hombre de carne y hueso, con sus inseguridades, con su miedo irremediable al avión y a la muerte, con su temor a hablar en público, a presentar exámenes, a conceder entrevistas, a echar discursos; muestra a ese hombre tímido que, como pocos, sobrevivió con inmensa dignidad a una pobreza padecida con alegría y estoicismo durante años porque estuvo generada por su decisión inmodificable de no ganarse un peso que no se lo produjera su máquina de escribir; habla de ese padre cercano que sostenía que lo más importante que había hecho en su vida no eran sus libros, sino sus hijos; pero también retrata a ese Gabo de una voluntad de hierro y una disciplina feroz que lo llevaban a escribir a diario, congelando sólo para él ese tiempo de 9 de la mañana a 3 de la tarde, aislado del mundo de afuera y navegando en su infinito mundo de adentro, escribiendo siempre, donde quiera que estuviera, enfundado en su overol azul de jardinero que le recordaba lo duro que era el trabajo del escritor, en especial el suyo, un escritor como no ha habido otro, quien le aceptó a Darío que era egocéntrico, que lograba siempre lo que se proponía gracias a su tenacidad y su disciplina, y que le respondió al periodista, cuando le preguntó que para él quién era García Márquez: “es el hombre más bueno del mundo”.

En este libro, que contiene seis capítulos y un álbum de fotografías, la mayoría tomadas por Arizmendi a lo largo de una amistad que comenzó en 1982 y terminó con su muerte, Gabo habla de su creación, de su obra, de sus hijos, de Mercedes, de su infancia transcurrida en una casa enorme colmada de mujeres que le daban seguridad y buena suerte, empezando por su abuela; y se refiere a esa época suya de “pobreza dolorosa”, hasta el extremo de que una noche Mercedes le dijo: “Gabriel, no he podido darle leche a Rodrigo. No tuve con qué”. Entonces él sentó al niño y le dijo: “Hijo, mañana habrá leche. Te lo juro. Hoy no hemos podido. No pienses que tienes hambre. Duérmete tranquilo. Sueña que mañana tomarás mucha leche”. Y Rodrigo se durmió tranquilo. Y comenta también sus pasiones —la música, la principal de ellas—, sus rutinas, su destino irremediable de escribir en la soledad de México pero teniendo su cabeza y su corazón en Colombia; habla de sus amigos de verdad, aquellos que le dicen lo que piensan por más doloroso que sea, de sus intuiciones y también, por supuesto, de su pasión por el poder… Pero ante todo muestra a ese hombre entrañable que menciona Jon Lee Anderson, con quien se podía hablar durante horas sin que se agotara el tema, cualquiera, desde uno literario o político, hasta los que a él más le gustaban, los temas simples que le daban pistas sobre los misterios de los seres humanos, comenzando por los de él mismo.

Sí, definitivamente, Gabo no contado es un libro para disfrutar. Y para aprender…

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