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Que alguien haya ejercido el periodismo durante 80 años es un caso único en el mundo, una verdadera noticia, como la calificó José Salgar en una de sus últimas entrevistas.
Ese descubrimiento —dijo— lo llevó a contarle su vida a la prensa, ya que siempre había creído que la función de los periodistas era revelar las historias de los demás, no las propias.
Pero tal vez también lo llevó a hacerlo la intuición de la cercanía de su muerte, anunciada por ese tumor cerebral inoperable que hacía poco le habían diagnosticado. Quizás también por esa razón aprovechó la ocasión para dejar su testimonio cuando tenía 92 años que llevaba a cuestas con ese vigor y esa lucidez sorprendentes, evidentes en las dos entrevistas que concedió, en las cuales se palpan, además, su sentido del humor, su obsesión por mantenerse bien informado y su ser de periodista honesto, adicto a la verdad y al rigor, un periodista completo, que siendo un niño se inició como fundidor de linotipos y que, como lo escribió en sus memorias Gabriel García Márquez, quien en Vivir para contarla se declaró su discípulo, había sido “un hombre cordial, forjado a fuego vivo, que había subido por la escalera del buen servicio, desde repartir el café en los talleres a los catorce años, hasta convertirse en el jefe de redacción con más autoridad profesional en el país”.
En efecto, como José Salgar lo dijo en el espléndido reportaje —el último de su vida— concedido al editor dominical de El Espectador, Nelson Freddy Padilla, su máquina de escribir le “dio de comer mucho tiempo”: gracias a su velocidad para teclear con los diez dedos, Alberto Galindo, entonces jefe de redacción de este diario, lo contrató como secretario. Y luego lo formó como periodista. Y estuvo cerca de don Luis Cano. Y pasó por todos los cargos de la redacción: reportero, redactor, jefe de redacción, subdirector y director y, como si fuera poco, también fue jefe de García Márquez. Y fue testigo de la historia de los últimos 80 años. E informó sobre las últimas guerras: la del Chaco, entre Bolivia y Chile, por la salida al mar; la Guerra Civil Española; la de Colombia con el Perú; la Segunda Guerra Mundial; tantas otras; y, por supuesto, la guerra eterna de Colombia que le llegó a su punto máximo cuando una bomba poderosa explotó en la sede de El Espectador y él escribió un editorial que tituló “Seguimos adelante”, y cuando la guerra lo golpeó en lo más profundo de su corazón porque su amigo y gran director de este periódico, Guillermo Cano, había caído asesinado y él tuvo que coger las riendas de este diario y ayudarles a los nuevos jóvenes directores a salir adelante.
Y ahora cuando se ha ido este periodista integral, quien también fue columnista durante 30 años (su columna, “El Hombre de la Calle”, la publicó hasta cuando cumplió 90 años), sólo queda seguir su huella de entereza, de profesionalismo y de rigor. Gracias a esos principios que vivió a fondo, y a la bondad que habitaba en su corazón, pudo afirmar al final de sus días: “Me siento completo”.
¡Paz en su tumba! Y solidaridad y afecto para Inés de Salgar y sus hijos.
Las protestas: ¡Aquí no hemos aprendido a protestar! ¡En Europa se la pasan protestando! ¡Y hay paros de todo! Pero casi nunca hay muertos. Ni heridos. Ni violencia…
Definitivamente, les falta mucho por aprender sobre cómo se ejerce la democracia a quienes se llaman los “demócratas de este país”.