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AHORA QUE JUAN MANUEL SANTOS cumple 90 días como Presidente, así me crucifique el desgarrado Polo Democrático, digo que su balance es positivo, por múltiples razones:
La primera, el cambio de aire, el abandono de la belicosidad presidencial y del tratamiento a las patadas a opositores, jueces y vecinos, hasta el punto de que, sólo mutando la chabacanería en cortesía, y la pelea mediática en discusión diplomática de las discrepancias, Santos logró el milagro de educar a Chávez y de amarrar los perros de modo que para el gobierno de Venezuela sea más rentable cooperar con el de Colombia que ayudar a las Farc. Gracias a ese nuevo estilo, Colombia entró al Consejo de Seguridad de la ONU, y Santos se perfila como líder latinoamericano.
La segunda razón es el reconocimiento de que todas las víctimas de la violencia deben ser reparadas por igual, y de que uno de los principales problemas del país es el despojo que narcos y terratenientes efectuaron a sangre y fuego en los últimos años, en virtud del cual millones de antiguos propietarios deambulan hoy como desplazados en pos de una limosna. La decisión de Santos de reversar semejante injusticia, se refleja en la escogencia de dos funcionarios intachables a la cabeza de tan peligrosa tarea: el Ministro de Agricultura, Juan Camilo Restrepo, y el director de Incoder, Juan Manuel Ospina.
La tercera razón es la apertura hacia otras fuerzas políticas y el propósito de unificar voluntades en torno a un proyecto de país, más democrático, más próspero, con menos pobres, más respetuoso de los derechos humanos, más amable.
Y la cuarta es el nombramiento de un gabinete técnico de alto nivel, en el que no caben ni la corrupción ni la politiquería.
Sin embargo, el horizonte se vislumbra lleno de dificultades: las principales, las Bacrim, bandas criminales sin Dios ni ley; la guerra legal y la violencia que desatarán muchos de los expropiados con el fin de conservar las tierras; y, por qué no decirlo, la taimada hostilidad mostrada por el ex jefe de Santos hacia sus proyectos bandera: Uribe, sin elegancia ni pudor, ha querido cogobernar y atravesarse bajo cuerda en el logro de los principales propósitos del nuevo gobierno. Y ese no es un ejercicio del derecho a participar en política que tiene el ex presidente, como dicen muchos. Es una falta de lealtad.
Es que la lealtad es de dos vías: Santos debe agradecerle a Uribe que lo haya nombrado Ministro de Defensa. (Pero recuerden que antes él no era ningún pintado en la pared: disponía de riqueza para vivir tranquilo; ya había renunciado a ser el futuro director de El Tiempo; ya había sido Ministro de Comercio Exterior, de Hacienda y Designado a la Presidencia; y ya había hecho el Partido de la U).
Sí, no es sólo Santos quien le debe lealtad a Uribe. Este también le debe lealtad a su antiguo subalterno: Santos fue eficaz en el Ministerio de Defensa, gracias a lo cual Uribe puede exhibir sus logros en la consolidación de la seguridad democrática; y fue leal al deponer sus aspiraciones presidenciales ante la obsesión reeleccionista de su jefe: sólo cuando la Corte falló contra la reelección, y su candidatura podía haber resultado tardía, Santos se lanzó a la Presidencia.
Que ese fue un buen cálculo político, dicen muchos. ¡Claro que sí! Pero también fue un gesto de lealtad.
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P.D.: ¡Espléndida la nueva terna para Fiscal!