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«Tú te metiste, tú te sales», les estaría diciendo mi amigo costeño a Álvaro Uribe y su combo de senadores.
En efecto, a propósito de su empeño en oponerse a todo lo que haga el gobierno de Juan Manuel Santos para negociar la paz con las Farc, ahora a Uribe y a sus amigos les tocará enfrentar la hora de la verdad porque tendrán que tomar una decisión sobre qué hacer frente al referendo por la paz y qué instrucción darles a sus seguideros: si les recomiendan abstenerse, o si les ordenan votar por el no a la paz.
El panorama para ellos no puede ser más negro, pues de todas maneras van a perder: si aconsejan votar no, y sale derrotada la paz, o si impulsan la abstención, y los votos por la paz no llegan al número necesario para que pase el referendo, Uribe y su gente quedarán en el futuro como culpables de cada bomba, de cada secuestro, de cada desaparición y de cada muerte que haya en Colombia. Y si el referendo pasa sin su concurso y sin su apoyo, Uribe y sus seguidores se marginarán de las mieles de la paz y el país, sin deberles nada, adoptará un rumbo de modernización, de tranquilidad y de progreso.
Y precisamente porque la decisión no es fácil, en el seno del uribismo se está gestando una división entre los partidarios de apostarle a la abstención, encabezados por la senadora Paloma Valencia, quien opina que les va mejor si no participan porque el Centro Democrático pierde de todos modos —si pasa o si no pasa el referendo por la paz— y entre los partidarios de apoyar el no a los acuerdos, liderados por la representante María Fernanda Cabal, quien aseguró que los ciudadanos “no tienen por qué asumir las consecuencias de una paz con impunidad”, y por el senador Alfredo Rangel, quien comparte esta posición con el argumento de que “no se está en contra de la paz, sino contra unos acuerdos que promueven la impunidad”; es decir, que ellos prefieren que reine una estricta justicia así haya muchos muertos, en vez de que rija una justicia menos férrea y se acaben los muertos.
De modo que el debate que se avecina pinta álgido dentro del uribismo, porque una cosa es hacer de Casandra con unos acuerdos en ciernes y con unas Farc que ejercen la violencia y se oponen a todo, y otra muy distinta es apoyar el no a la paz teniendo sobre la mesa unos textos ya acordados con unas Farc que, a base de no operar durante meses, acostumbraron al país a saborear la paz.
Mientras tanto, por fuera de las toldas uiribistas, comenzamos a cuestionarnos seriamente la actual capacidad política de su jefe Álvaro Uribe y nos preguntamos: ¿cómo es posible que alguien que llegó a elegirse y reelegirse presidente en primera vuelta con una votación récord, que ha contado con la admiración y el cariño de la mayoría de los colombianos, que donde quiera que va es visto como una especie de mesías, forme un partido y pierda las elecciones presidenciales, y le vaya muy mal en las de concejos y asambleas, y se quede sin la Gobernación de Antioquia y sin la Alcaldía de Medellín donde se suponía que era un ídolo? ¿No será que la gente quiere a Uribe pero ya no le cree? ¿No será ya hora de que él se olvide de su propósito de contagiar al país de su deseo de venganza y abandone su obsesión por el poder? ¿Y no sería más inteligente y le daría más gloria y más alegría si dedicara su energía a consolidar la paz de Colombia, a hacer la paz consigo mismo, con Santos y con las Farc, y a gozar de sus nietos como el buen abuelo que pregona ser? ¡Piénselo, doctor Uribe!