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Cuando escucho la historia de Jeff Oberfelder, y veo su página web en la que le hace propaganda a las distintas cepas de marihuana que produce y comercializa legalmente en el estado de Washington, y pienso en Luis Carlos Galán y Rodrigo Lara quienes, si hubieran sobrevivido en lugar de librar esa absurda guerra contra las drogas, habrían hecho de Colombia un país mejor, me pregunto: ¿qué sentido tuvo su muerte?
Jeff es un finquero de California que se aburrió de no ganar dinero como campesino, y dejó su cultivo de manzanas, sus vacas en ordeño y sus gallinas que pocos huevos le daban, y se dedicó a producir marihuana en su finca del estado de Washington, a orillas de las aguas del lago Chelan, a donde se mudó para que su mujer, una india canadiense, pudiera visitar con facilidad a su familia.
Desde mediados del 2013, Jeff inició los trámites para obtener la licencia que, para producir marihuana, otorga el Liquor Control Board, y que es similar a la que dan para vender licores. Pagó los mil dólares iniciales que le exigían por ella, llenó y envió las 140 páginas de formularios, invirtió 100.000 dólares para montar un cultivo de 600 plantas de marihuana sembradas en 15.000 pies cuadrados (una quinta parte de hectárea), y pagó 20.000 dólares en softwares y mecanismos de seguridad y 10.000 en las cámaras que debía tener para monitorear que los cultivos y sus procesos cumplieran los requisitos adecuados, tuvieran la potencia y las características biológicas exigidas y carecieran de contacto con pesticidas y otros químicos nocivos para la salud, como el nefasto glifosato cuyo uso, afortunadamente, prohibió en Colombia el ministro Alejandro Gaviria.
Entonces, en julio del año pasado, ya con su licencia en mano como productor de marihuana, Jeff Oberfelder montó su cultivo con toda la técnica del caso. Y ya se ha ganado 500.000 dólares a punta de marimba gringa y legal.
Con él trabajan su mujer y una persona más en épocas normales. Y en tiempos de cosecha contrata personal adicional. Y con eso viven y se están empezando a enriquecer ellos y sus cinco hijos, algunos de los cuales fuman marihuana ocasionalmente, como lo hacen Jeff y su esposa, quienes se meten su varillo un par de veces a la semana. Incluso, uno de sus hijos usó marihuana para quitarse un dolor crónico en el oído.
Jeff les vende a los procesadores autorizados el gramo de marihuana a seis dólares. Y estos la empacan y se la venden a los minoristas, que todavía son pocos, pero están empezando a crecer, por lo cual el mercado está mejorando. Y no obstante que la marihuana vendida en el mercado negro no ofrece las garantías de calidad que tiene la comprada en los almacenes autorizados, ese mercado no ha disminuido porque en él se vende la marimba más barata.
Definitivamente, el negocio de la marihuana está en expansión en Estados Unidos: cada rato hay programas de televisión y se realizan ferias que lo promueven; y los diferentes estados donde se permite su comercio están recaudando cientos de millones de dólares en impuestos por ese concepto. Por eso, al terminar la charla con Jeff le pregunto:
— Para los colombianos este es un tema muy difícil porque por librar esa guerra nos mataron gente muy valiosa. ¿Usted qué opina de eso, Jeff?
— ¡That’s bullshit!_, dice.
Sí, así de triste: ¿las muertes de Galán y Lara qué fueron? ¡Inútiles! ¡Bullshit! ¡Una pendejada!