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Me niego a pasar de moda

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ABURRIDA DE PENSAR EN EL REFErendo reeleccionista, y en huida de hablar de mi tristeza por la división del Polo, durante una reunión familiar meditaba en qué tema escogería para esta columna.

Entonces mi sobrino, Daniel Mora, el bajista del popular grupo musical Bonka, me mostró una especie de tarjeta prepago, y me dijo:

— Con esto puedes bajar de Internet nuestros discos y, así, nos pagan las regalías.

Daniel agregó que los CD ya eran obsoletos. Entonces yo, que todavía siento nostalgia de no poder escuchar mis discos de acetato en los cuales quedaron sepultadas las melodías que me recuerdan el sabor de los amores de adolescencia, pensé en cómo nos ha cambiado la vida: ya, por ejemplo, no sólo los CD pasaron de moda, sino que también están en vía de extinción los DVD, pues las películas se adquieren a través de las tarjetas prepago de I Tunes, para no mencionar que ya murieron las películas en VHS y que las de betamax deben estar exhibiéndose en los almacenes de antigüedades. Y, entre los jóvenes, ya también pasaron de moda los periódicos, hasta tal punto que, el otra día, en casa de una amiga que ronda los treinta, no había diarios viejos para prender la chimenea.

 Y todo indica que los libros van a pasar igualmente de moda, pues muchos se están pirateando a través de Internet, lo cual nos obligará a los escritores a fabricar empanadas para subsistir, y a madrugar a las 4 a.m. a escribir y, así, ser felices por un rato no más.

Y si miramos otra lista de objetos obsoletos, no tendremos más remedio que concluir que, de igual manera, los mayores de cuarenta también lo somos ya: por ejemplo, pasó de moda el teléfono: en las casas dejó de escucharse su repicar, a tiempo que se oyen cada rato las musiquitas que indican que llaman a la empleada por el celular, y al hijo adolescente por el I Phone. Y por el blackberry se comunican con el marido, quien cuida ese aparato como su más preciado tesoro, pues es su especie de caja negra, depositante de todos sus secretos, incluidos los nombres, teléfonos y correos de sus amiguitas de turno, así como las horas de sus citas. Y pasó de moda el cartero, que ya no nos trae esa carta que tanto esperamos, pues todo lo recibimos por correo electrónico. (“Mami, a mí nunca me ha llegado una carta, mándame una para saber qué se siente”, me dijo mi hija el otro día). Y ya pasó de moda el fax, porque los documentos se escanean y se mandan por Internet. Y las taquillas para comprar los tiquetes de los conciertos y de las obras de teatro, y las agencias de turismo para adquirir los pasajes aéreos, también se volvieron obsoletas porque todo se adquiere en la web. Y de igual manera pasarán de moda ciertos detectives pues, a través del GPS, hay cómo localizar a los cónyuges infieles. Y ya pasaron de moda las páginas sociales porque los matrimonios, los noviazgos, los cumpleaños, y hasta los cuernos y las peleas conyugales, se anuncia por Facebook.

 Y ahora, cuando terminaba esta columna y recordé que tenía que acordar con mi hijo menor cuándo iríamos a comprar los calzoncillos que necesita, lo llamé por mi blackberry, él me contestó en su I Phone, y me dijo:

— No, mami, tranquila, yo los pido por Internet.

— ¡Ni de vainas, vamos a comprarlos en San Victorino!, exclamé furiosa.

¡Entonces sí que me sentí obsoleta!

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