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Naufragó la hecatombe

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CON LA RENUNCIA DE JUAN MANUEL Santos al Ministerio de Defensa y su anuncio de que se presentará como candidato si Álvaro Uribe no lanza su tercera candidatura, el Presidente se quedó sin la disculpa de que aspirará a un tercer mandato, no por ambición personal, sino para garantizar que se prolongue la seguridad democrática y se afiance la confianza inversionista.

Sí, Uribe se quedó sin argumentos porque justamente, si alguien encarna esos propósitos, es su Ministro de Defensa de los últimos tres años quien, además, tiene experiencia (fue Ministro de Hacienda y Comercio Exterior) y encabeza las encuestas.

De modo que el panorama de hoy es vergonzoso: como lo dijo el nuevo jefe del Partido de la U, Luis Carlos Restrepo, Santos tendría el respaldado de su partido si finalmente “no hay un escenario” para el Presidente. Es decir, que Uribe y sus alfiles harán todo lo divino y lo humano (remember Yidis) para conseguir que haya referendo: al precio que sea buscarán que los conciliadores de Senado y Cámara se pongan de acuerdo en un texto que aclare que la reelección es para 2010 y no para 2014 y, si no lo logran, enredarán las cosas hasta el próximo período de sesiones cuando elegirán presidentes de Senado y Cámara de bolsillo; y así, sucesivamente, en todas las instancias, seguirán empujando con todas sus fuerzas y argucias ese disparate hasta ver si, dispuestos a correr el riesgo de ir a referendo a pesar de la aburrición que entonces habrá en la opinión con ese tema, son capaces de convencer a siete millones y pico de colombianos de que voten si desean que Uribe siga o no.

En ese momento (fines de año), el desgaste en todos los frentes, del Presidente aferrado al poder, sin disculpa que lo justifique, con la política y el país paralizados y pendientes de si habrá reelección o no, será inimaginable: Uribe sufrirá desgaste en la opinión internacional (ya varios medios del mudo, entre ellos el prestigioso The Economist, se han pronunciado en contra de su reelección); lo padecerá entre la opinión nacional, que cada vez se molestará más con el espectáculo de su libido desbordada de poder; lo sentirá entre los empresarios quienes, a pesar de haberse beneficiado con las políticas de su gobierno, le temen a la inestabilidad jurídica y al cambio permanente de las reglas del juego; y supongo que también lo vivirá en su casa, pues sus hijos tal vez le reclamen que su carrera empresarial puede sufrir si él sigue en el poder y a su esposa debe irritarla la perspectiva de habitar la Casa de Nariño por cuatro años más. De modo que con la perspectiva de que él siga de Presidente simplemente se mostrarán felices sus áulicos quienes, con seguridad, como le ocurre al Patriarca de García Márquez, le harán reverencias por delante y pistola por detrás.

A todas estas, en ese instante, además de los candidatos emblemas del uribismo rogándole a la Virgen porque su jefe les dé un chancecito y él no vaya más, habrá candidatos para todos los gustos: estarán los triunfadores de las consultas internas del Polo Democrático, del conservatismo y del Partido Liberal, y estará el ex alcalde de Medellín Sergio Fajardo, quien se habrá consolidado como el candidato independiente, alejado del uribismo y del antiuribismo, moderno, con ideas nuevas y puntero, con Santos, en las encuestas.

Entonces, si no es candidato Uribe, ¿dónde estaría la hecatombe?

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