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Algo no cuadra en las encuetstas reveladas esta semana y en los análisis que de ellas se hicieron.
Resulta que, de un momento a otro, apareció como ganador de la primera vuelta el voto en blanco. Según la muestra de Ipsos-Napoleón Franco, sería del 27%, y según Datexco, del 30,5%. Y los que no han decidido por quién votar serían 23% para la primera encuestadora y 14,8% para la segunda. ¡Es una diferencia bastante significativa para un sondeo recogido en las mismas fechas!
Los demás porcentajes no difieren mayor cosa: en ambas encuestas el presidente Santos obtiene la cuarta parte de los votos y Óscar Iván Zuluaga, Clara López, Marta Lucía Ramírez y Enrique Peñalosa sacan porcentajes parecidos, que oscilan entre el 4% y el 8%.
Pero ¿cómo hubiera sido el resultado si a una muestra de toda la población en edad de votar le hubieran presentado la opción de abstenerse, además de las otras?
En Colombia, tradicionalmente, la abstención ha superado el 50%. ¿No se estarán confundiendo los encuestados por la forma como se les plantearon las preguntas? ¿No estarán equiparando su costumbre de abstenerse con la intención de votar en blanco?
Es que, por una parte, el voto en blanco es un instrumento sofisticado de protesta política que no debe estar en la mente de la mayoría de los colombianos y, por otra, en el panorama político no se vislumbra un movimiento de masas que lo esté promoviendo y que esté impulsando una ola de descontento del estilo de los Indignados en España, quienes se manifestaron contra los políticos y protestaron por todo, especialmente por el desempleo y por el abuso de que eran víctimas quienes tenían sus viviendas hipotecadas a los bancos.
De manera que no creo que en la primera vuelta vaya a triunfar el voto en blanco.
Ahora, lo que sí es evidente es que ningún candidato se ha convertido en un fenómeno político como lo fue en la elección pasada la Ola Verde. Ello no significa que aún no pueda surgir un fenómeno similar. La campaña apenas comienza:
Falta ver si Peñalosa logra que Petro no se le atraviese en la consulta interna del Partido Verde y consigue elegirse como candidato. Y falta ver si, como candidato, muestra el sex appeal suficiente para atraer y canalizar el descontento.
Y falta ver si Clara López aprende a imitar a los presidentes Mujica, Bachelet, Lulla y Rousseff y encuentra un lenguaje que sume, que atraiga y que irradie amor.
Y falta mirar cómo recibe la opinión a la fórmula vicepresidencial de Santos y qué simpatías nuevas logran generar los dos cuando empiecen la campaña, que aún no han principiado. ¡Claro que lo importante sería que, más que simpatías, despertaran pasiones…!
Y en eso sí que es un mago el expresidente Uribe: la mayoría de los colombianos lo quiere y, por eso, le perdona cualquier cosa…
Y, finalmente, falta ver qué se inventa él después de las elecciones parlamentarias para unir tras un solo candidato a los seguidores de Óscar Iván Zuluaga y Marta Lucía Ramírez. Y también intentará, por todos los medios, atraer a Enrique Peñalosa… Mas no es fácil que logre ese propósito. Sin embargo, si lo consigue, no la tendría ganada: si él fuera el candidato, probablemente triunfaría. Pero sus alfiles tampoco despiertan pasiones.
Y en la política, como en el amor, el que gana es el que las despierta y las ejercita.