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LE LLEGÓ AL PROYECTO DE REFErendo reeleccionista la “respiración boca a boca” que tan urgido estaba de recibir, como lo dijo el presidente del Congreso, senador Hernán Andrade:
esta semana, en conciliábulo de siete horas sostenido por los altos mandos uribistas, encabezados por el propio Presidente, se acordó dirigir todas las energías hacia el logro de su aprobación.
Y ocurrió el hecho insólito de que ese eterno tema, que no tiene nada de novedoso, se volvió divertido pues observamos cómo, según el relato de lo ocurrido en el cónclave, la atribulada alma del Presidente definitivamente no consigue salir de su irremediable encrucijada: cuenta el periódico que, durante toda la mañana, el gran jefe y su combo, ya resignados, se centraron en idear un plan B, para lanzarlo si el referendo se sumerge en el sueño de los justos, caso en el cual acordaron establecer un mecanismo —tal vez una consulta interpartidista— para elegir al candidato del uribismo unido que compita en la primera vuelta presidencial, y que saldría del más amado ramillete de sus alfiles: los ex ministros Juan Manuel Santos y Andrés Felipe Arias, la embajadora Noemí Sanín y el dirigente liberal Rodrigo Rivera. El Presidente insistió en excluir del selecto grupo al senador Germán Vargas Lleras, porque lo tildó de ser un “contradictor” y un “opositor” —no porque lo sea en el terreno ideológico, por supuesto, sino, simplemente, por haberse atrevido a atravesársele en su urgencia de satisfacer su adicción al poder—.
Entonces fue cuando, hacia el mediodía, irrumpió en la reunión ese gran técnico de la política que es el ministro del Interior, Fabio Valencia Cossio, y todo cambió porque reiteró que el referendo tenía muchas posibilidades de salvarse, no obstante sus dos principales obstáculos: el primero, la falta de tiempo para completar su trámite (una vez conciliado su texto definitivo por las comisiones de las dos cámaras, el Gobierno tendría que lograr que los uribistas de la Corte empujaran las cosas para declararlo constitucional antes del 30 de noviembre, fecha límite en que, de acuerdo con la ley de garantías, el Presidente debe anunciar si aspira a reelegirse o no); y el segundo, el pánico que les produce a los parlamentarios que, al votar el referendo, acaben siendo juzgados por la Corte Suprema.
Sin embargo, en el instante en que el Presidente escuchó de labios de su ministro que aún tenía posibilidades de continuar en el poder, su tono cambió y, seguramente, con una gran sonrisa interna de satisfacción, encontró el argumento perfecto para justificar su “deber” de persistir en la aprobación del referendo: “El problema es que han puesto al Gobierno frente a un reto no buscado”, dijo. Y agregó: es el de “la defensa de los derechos civiles y políticos, pues cuando se enjuicia a un Congreso por votar y defender los derechos de las mayorías, se está atentando contra la libertad y la democracia”.
“A partir de entonces”, cuenta el periodista Edulfo Peña, “la vida del plan A recobró cuerpo en el encuentro, y todos los asistentes se conectaron con esa posibilidad”.
Entonces, la pobre alma presidencial en pena reanudó su azaroso deambular, atribulada por debatirse en su increíble encrucijada…