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“Ese proceso se está enredando mucho”, le oí decir hace un par de días a una fuente bien informada sobre las negociaciones de La Habana.
Entonces me sumergí en una depresión cuyo motivo no veía tan claro como hasta ahora cuando me enfrento a esta página en blanco y me pregunto: ¿de qué voy a escribir hoy? Pues voy a escribir de la frustración, de la impotencia y de la profunda tristeza que yo sentiría; que sentirían las madres, mujeres e hijos de cada soldado y de cada guerrillero; en una palabra, que sentiría el país entero, si volviéramos verdad permanente esta pesadilla de guerra que vivimos desde hace un mes, hasta el punto de que esta esperanza de paz que casi alcanzamos a acariciar con nuestras propias manos, se nos esfumara esta vez también, porque no fuimos capaces de dejar de lado la barbarie; ni supimos salir del tenebroso círculo vicioso del ojo por ojo y del diente por diente; ni tuvimos el valor para despojarnos del machismo y darnos cuenta de que los más respetables no son los más machos sino los más sabios. Porque se necesita ser muy torpes para no darnos cuenta de que esta guerra sólo se puede terminar si las partes deciden detenerla y silenciar sus armas para que, de ese modo, se pueda escuchar la voz de los unos y de los otros de manera que las discrepancias se manifiesten clara y abiertamente, en voz alta, y no a base de explosiones sin sentido y de salvas de fusil que sólo destruyen y matan pero que no permiten siquiera aclarar cuáles son las diferencias. Señores del Gobierno y de la guerrilla: ¡sería demasiado lo que Colombia, especialmente sus jóvenes y sus niños, perderían si ustedes no lograran ahora parar esta guerra! ¡Sería muy profunda la sensación de fracaso si después de tres años de estar superando desacuerdos las partes no fueran capaces de avanzar hasta llegar a la meta sino, por el contrario, devolverse, desandar el camino y regresar a ese espiral de muerte y de dolor que no nos deja impulsarnos como país ni crecer como personas! ¡Sería muy honda la vergüenza que sentiríamos como seres humanos si permitiéramos que el orgullo, y no la inteligencia, ganara esta batalla! Por ello, presidente Santos, comandante Timochenko, me permito rogarles que acojan la propuesta de Naciones Unidas de pactar una tregua por un mes para ambientar los acuerdos del cese bilateral del fuego. ¿O incluso, qué tal si ustedes dos, solos, con la ayuda de los países garantes, se reúnen en Cuba y acuerdan lo que hace falta para acabar esta estúpida guerra? ¿Qué tal si en lugar de seguir mostrándose los dientes y los músculos que cada uno de ustedes tiene, piensan más bien en que ya es hora de que dejen de matarse y de matar al que se les atraviese por el camino en su empeño de demostrarle al otro que cada uno es el que mayor capacidad acumula para hacerle daño al enemigo? ¿Qué tal si aceptan que ambos bandos tienen una posibilidad enorme de perjudicar al otro y, en lugar de demostrarlo causando y poniendo más muertos, dicen basta ya, acabemos con esta guerra imbécil y démosle paso a un futuro en el que aceptemos que todos tenemos derecho a vivir, a trabajar, a envejecer y a morir en paz? Presidente Santos, comandante Timochenko: piensen en que si este intento de paz falla, el fracaso será de ustedes dos y, por supuesto, del país entero. ¿Por qué, antes de que sea demasiado tarde, no dan juntos un paso al frente; se encuentran; conversan; y hallan la fórmula para que de una vez Colombia alcance la paz?