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Racismo en casa

Patricia Lara Salive
27 de noviembre de 2014 – 09:21 p. m.

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Cuando en Estados Unidos se expande la ira que a las minorías discriminadas por no pertenecer al grupito de los monos ojiazules les ha producido la absolución del policía blanco que, en Misuri, mató de siete balazos a un joven negro, quien al ser detenido opuso resistencia sin estar armado, Carlos Jacanamijoy, nuestro gran pintor indígena, de paso por Nueva York antes de ir a Londres, donde expondrá 15 de sus obras en la galería Sandra Higgins, cuenta que el 4 de diciembre presentará en el Consulado de Colombia, ante un público encabezado por el príncipe Carlos de Inglaterra, su documental Cuentos cortos, en el que narra los episodios de racismo que, por ser indígena, ha sufrido en Colombia, en Nueva York y en Gran Bretaña, de donde fue deportado no obstante que tenía su visa y documentos en orden, por la simple razón de su apariencia indígena.

Ese episodio, por el cual le ofreció disculpas el gobierno británico, cierra este extraordinario documental que Jaca mostró sin que se notara, durante la retrospectiva de su obra expuesta el año pasado en el Museo de Arte Moderno de Bogotá. En la cinta cuenta episodios de discriminación racial que lo hieren desde la infancia, cuando en su tierra, el Putumayo, caminaba de la mano de su abuela y soportaba, con la dignidad que ella le enseñó, el que a su paso se burlaran de ellos por ser indios; y en el colegio, el Día de la Raza, cuando en los festejos lo obligaban a emplumarse y a ponerse taparrabos; y en la escuela, cuando tenía que entrar al curso B porque el A era para los blancos; y en la iglesia, cuando lo hacían rezar más que a los otros niños porque él era indio; y en su pueblo, al escuchar que a su padre lo llamaran “brujo” por no ser un médico tradicional; y en todas partes, al oír que a él y a su familia les gritaban “indios, brujos, sucios”; y en el bachillerato, al aguantar que sus compañeros se burlaran de él porque su abuelo recogía sus calificaciones vestido de indígena; y ahora, al ver a los porteros que intentan impedir su ingreso en los edificios de los ricos que ofrecen cenas en su honor, pues lo confunden con alguien que busca trabajo o va a arreglar tuberías; y en las exposiciones, al contemplar a alguna dama, champaña en mano, quien al ver que se le acercan indígenas, le dice, “ay, maestro, lo dejo porque ahí viene su gente”; y en Nueva York, al escuchar que ante el reclamo que le hiciera a la nana por alejar a su hijo de cinco años de su amiguito negro del colegio, ella le contestara: “¡cómo es posible que usted deje juntar a sus hijos con negros! ¿No ve que usted ya no es un indio cualquiera?”; y en Bogotá, al oír a una amiga explicarle que su celular era de “tecnología flecha”, es decir, tan barato que cualquier indio podía tenerlo; y, finalmente, en Londres, al soportar que lo deportaran sin motivo y, además, no le permitieran viajar a París, no obstante que tenía su visa Schenguen, porque “el que no entra a Inglaterra no entra a ninguna parte”.

“Colombia es un país demasiado racista”, dice Jaca. “Lo sé porque he estado en muchos círculos, en la Casa de Nariño… y lo siento. Espero tocar con el documental la conciencia humana, pero no de labios para afuera”.

El problema es la práctica: esa cotidianidad que te hace pobretear a los negros y a los indios y rechazar como pesadilla la posibilidad de que se casen con tus hijos.

“Yo, por ejemplo, soy un indio educado y con plata, pero todos piensan: sigue siendo indio”, concluye este genio del pincel y del color, este Jaca de mente brillante y corazón enorme.

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