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¡Resucitemos ‘Cambio’!

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“HAY UNA FORMA DE TERRORISMO más dañina que la que explota bombas y es la que silencia periodistas y revistas y periódicos”, dijo, en nombre del jurado del Premio CPB, Javier Darío Restrepo.

Y Yamid Amat, justamente galardonado con el Premio a la Vida y Obra, advirtió sobre el peligro de que la información se convierta en negocio, y se los ofreció a Rodrigo Pardo y a María Elvira Samper, director y editora de la revista Cambio, tristemente cerrada por El Tiempo.

Según Luis Fernando Santos, su presidente, a Cambio “no se le veía solución” porque desde 2007 venía perdiendo suscriptores y ventas en la calle. Y si bien el año pasado —dijo— “tuvo un margen de contribución de 300 millones, eso no es ganancia porque no se le cargan los costos indirectos (contabilidad, distribución, servicios compartidos) y con esos costos adicionales estaba en rojo”.

A pesar de ello, la Casa Editorial dio el año pasado un flujo de caja libre antes de impuestos de $73.000 millones. De modo que a El Tiempo no le hacía falta esa platica. ¡Pero a Colombia sí que le hacía falta Cambio! Y más ahora, cuando ha estado tan cerca que el famoso “Estado de opinión”, esgrimido por el Presidente y sus áulicos, acabe imponiendo la dictadura.

Como fundadora, en 1993, y principal socia colombiana que fui de la revista Cambio16 Colombia, en compañía del empresario venezolano Nelson Mezerhane y de ese gran luchador contra el franquismo que fue el español Juan Tomás de Salas, dueño del legendario Cambio16 en España; como propietaria de más del 90% de la revista desde el 95, cuando salieron De Salas, el asesor Daniel Samper y el director Darío Restrepo, hasta el 31 de diciembre del 98, fecha en que les vendí la revista, ya transformada en Cambio, a Gabriel García Márquez, Mercedes y un grupo (entre ellos, además de María Elvira Samper, Roberto Pombo, Mauricio Vargas y Ricardo Ávila, hoy claves en El Tiempo), conozco las cifras y sé que la revista, por lo menos hasta el 99, era viable: perdía en promedio 600 millones anuales que, con un buen socio-administrador, eran muy subsanables. Tal vez luego aumentaron los gastos. Pero todo eso, con la sinergia que aportaba El Tiempo, era insignificante, pues de inmediato se disminuían los costos de administración, impresión y distribución, que entraba a sufragar el andamiaje normal de la Casa Editorial. Ahora, lo que sí es verdad, dada la posición dominante de Semana, es que no era probable que Cambio fuera un gran negocio. Pero era sostenible. Eso sí, para mantenerla, se requería quererla. Y estar convencidos de lo que su independencia significaba para la opinión libre del país.

Porque creo en la trascendencia de que Cambio exista, y quiero a la revista, les propongo a los dueños de El Tiempo que nos cedan la gran marca Cambio, por un valor simbólico, a todos los periodistas que, como dijo Yamid Amat al recibir su premio, no podemos dejar que Cambio muera. ¡Y nosotros nos encargamos de hacer la mejor revista latinoamericana por internet!

Nota: Y, a propósito, ¿qué opinan de la muerte de Cambio los empleados de El Tiempo atados a su historia? ¿Qué tal si ellos, Daniel Samper, Darío Restrepo, Roberto Pombo, Mauricio Vargas y Ricardo Ávila, unidos a los demás progenitores de la criatura, empezando por la querida Chiva Cortés, gritamos donde todos nos oigan que no aprobamos su cierre?

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¡En medio de tantas malas noticias para la prensa, qué buena nueva la absolución de ese gran periodista y escritor que es Alfredo Molano!

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