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El domingo se elegirá la Asamblea Nacional en Venezuela. Ojalá no suceda una tragedia.
Quiera Dios que el lunes no veamos un baño de sangre en ese país que no tiene nuestra tradición triste de violencia, que no está acostumbrado a ella.
Esta vez, la primera en 16 años de gobiernos chavistas, según las encuestas, la oposición tiene una ventaja de 15 a 35 puntos. Y el 80% del país cree que va por mal camino. Y el presidente Maduro aparece con cerca de 70% de imagen negativa. De modo que lo lógico sería que la oposición obtuviera la mayoría del Parlamento, que el Gobierno aceptara el resultado y, si son inteligentes, que abrieran un diálogo que buscara la cohabitación y evitara la violencia.
Sin embargo, el mismo Nicolás Maduro ha dicho que el Gobierno triunfará a como de lugar: “sea como sea, ganamos la Asamblea” es su lema de campaña. Y en un ambiente tan revuelto, con un miembro de la oposición asesinado la semana pasada durante una manifestación en la que participaba junto a Liliana Tintori, esposa del líder Leopoldo López quien, con pruebas falsas según fuentes autorizadas, fue injustamente condenado a pagar 14 años de cárcel. Con otros líderes, como los alcaldes de Caracas, Antonio Ledezma, y de San Cristóbal, Daniel Ceballos, presos. Con desabastecimiento, colas e inflación que puede llegar al 200%. Con acusaciones que van y vienen. Con actitudes tan ofensivas como las del jefe del comando del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), Jorge Rodríguez, quien acusó a la víctima abatida en la manifestación de tener “vínculos con bandas delicuenciales”, por lo cual, según él, su asesinato parecía un ajuste de cuentas. Y con tiros al aire disparados en las calles por militantes del PSUV vestidos de rojo, cualquier tragedia puede ocurrir.
Por eso es tan importante que los venezolanos escuchen voces sensatas como la del jesuita José Virtuoso, rector de la Universidad Católica Andrés Bello, quien en entrevista a este diario dijo que ellos no quieren la guerra y que, sin importar los resultados, se necesita un diálogo nacional entre el Gobierno y la oposición.
Pero Virtuoso hizo otras afirmaciones que el Gobierno de izquierda tendría que considerar: “La Revolución está en deuda con los venezolanos, en especial con los más pobres”, dijo. “Los datos nos señalan claramente que hemos entrado en un ciclo de empobrecimiento similar al vivido a finales de la década de los 90 (…) Tuvimos un gran boom petrolero que generó cuantiosos ingresos que se distribuyeron y dispararon el consumo. Pero caídos los ingresos, el resto de la cadena de gasto se desplomó (…) Si no hay trabajo o empresas funcionando, si no hay una inflación controlada, va a ser muy difícil salir de la pobreza”.
De modo que si Maduro tiene a los pobres en la olla, a los ricos enfurecidos, a la mayoría de la comunidad internacional en contra o, por lo menos, mirándolo con recelo, y a la oposición envalentonada, lo mejor que podría hacer sería aceptar el resultado electoral; demostrar que aún respeta las reglas de la democracia; y buscar un acuerdo con la mayoría parlamentaria para sacar al país de la crisis. Pero para hacer eso tendría que tener una inteligencia, una seguridad en sí mismo y una capacidad de liderazgo que no se le ven.
Y la oposición, por su parte, si gana la mayoría y, en lugar de buscar un diálogo con el gobierno, asume una actitud de “quítate tú para ponerme yo”, y llama a la resistencia, podría precipitar un golpe de Estado. Y eso no es lo que quieren, ¿verdad?