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COMO A MENUDO OCURRE EN ESTE país, hubo un momento en que a todas horas se hablaba del cabo Moncayo: que por fin, después de once años de secuestro, iban a liberarlo las Farc…
COMO A MENUDO OCURRE EN ESTE país, hubo un momento en que a todas horas se hablaba del cabo Moncayo: que por fin, después de once años de secuestro, iban a liberarlo las Farc; que se lo entregarían a la senadora Piedad Córdoba y al padre del secuestrado, ese profesor que armado sólo de su amor paterno ha caminado el país para llamar la atención sobre la suerte de su hijo; que el presidente Uribe decía que únicamente aceptaba que la entrega se le hiciera a la Cruz Roja Internacional y a la Iglesia; que las Farc exigían que en su liberación, además, estuviera presente Piedad Córdoba, ya que ella les generaba confianza y representaba al Grupo de Colombianos y Colombianas por la Paz, con el que las Farc han sostenido un esperanzador diálogo epistolar; que eso no iba a ser posible porque el Presidente no iba a permitir que se realizara “una campaña política basada en el espectáculo inhumano de hacer politiquería con la liberación de unos secuestrados”; que Uribe tampoco iba a seguir “permitiendo que (…) las Farc les den (…) motivos de impunidad, con ropaje humanitario, a personas que, el Presidente prejuzga, deberían estar en la cárcel… (pues dice tranquilamente que) son elementos de la farcpolítica”; que el profesor Moncayo imploraba que liberaran a su hijo en el exterior; que eso no era posible decían que sostenía Piedad; que el padre del cabo del Ejército había interpuesto una tutela para que se respetaran los derechos de su hijo a la vida y a la igualdad, porque no consideraba justo que los otros secuestrados sí hubieran podido recibir para su liberación el apoyo de la senadora y su hijo no… Y ahí nos quedamos.
Todo lo anterior lo escuchamos entre mediados de abril y comienzos de mayo. Y, de un momento a otro, luego de que su liberación estuvo ad portas, no volvimos a saber nada de la suerte de ese cabo de nuestro Ejército olvidado por la Patria y abandonado en la manigua en medio de ese calvario inenarrable que le han causado las Farc.
Siempre me he preguntado por qué el Presidente considera más grave el espectáculo mediático de la liberación de los plagiados y el pantallazo de la senadora, que el hecho de que haya colombianos secuestrados desde hace más de una década sin que el Gobierno haya podido garantizarles su derecho a la libertad.
Y he llegado a la conclusión de que seguramente eso ocurre porque el que está haciendo campaña con la no liberación de los secuestrados es otro, ya que sin el coco de las Farc, se le acaba su razón de ser como político que domina el arte de la guerra, o al revés, como guerrero que domina el arte de la política.
No de otra manera se concibe que el Presidente considere tan grave la participación de Piedad en una nueva liberación de secuestrados pues, si ya la senadora ha tenido que ver con ellas tantas veces; si ya se ha ganado el reconocimiento y la gratitud de los familiares y amigos de los plagiados; si ya ha obtenido todos los pantallazos que ha querido y no le ha pasado nada a la seguridad democrática; —como diría ese gran escritor y amigo que fue Pedro Gómez Valderrama— a cambio de un regreso más de un secuestrado a la libertad, ¿qué le hace otra raya más al tigre?
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¡Qué fracaso el de todos los dirigentes del Polo Democrático al haber dejado dividir a la izquierda! ¡Qué lastimosa su inhabilidad para llegar a acuerdos, para crear consensos, para buscar convergencias, para sumar fuerzas! ¡Qué triste e imperdonable su incapacidad para mantener la unidad!