Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
ESTA ES LA SITUACIÓN: LA ECONOmía enfrenta su peor caída en décadas. La respuesta usual a una crisis económica, la reducción en las tasas de interés, no está funcionando. La ayuda gubernamental a gran escala parece la única forma para terminar con el descenso en picada.
Pero hay un problema: los políticos conservadores, aferrándose a una ideología obsoleta —y, quizás, apostando (en forma equivocada) a que su electorado está relativamente bien posicionado para aguantar la tormenta— están obstaculizando el camino de la acción.
No, no estoy hablando de Bob Corker, el senador de Nissan —quiero decir Tenesí— y sus compañeros republicanos, que atacaron el intento de la semana pasada de ganar algo de tiempo para la industria automotriz estadounidense. (¿Por qué se bloqueó el plan? En un correo electrónico que circuló entre los republicanos del Senado se declara que negar el préstamo a la industria automotriz era una oportunidad para que los republicanos actuaran por primera vez contra la fuerza de trabajo organizada).
Más bien, estoy hablando de Angela Merkel, la canciller alemana, y sus funcionarios del área económica, que se han convertido en los obstáculos más grandes para un plan de rescate europeo, cuya necesidad es apremiante.
No se presta demasiada atención al caos económico europeo en Estados Unidos porque, comprensiblemente, estamos centrados en nuestros propios problemas. Sin embargo, podría decirse que la otra superpotencia económica mundial —Estados Unidos y la Unión Europea tienen aproximadamente el mismo PIB— tiene tantos problemas como nosotros.
Los más agudos se encuentran en la periferia europea, donde muchas economías menores están experimentando una crisis que guarda una gran semejanza con anteriores en América Latina y Asia: Latvia es la nueva Argentina; Ucrania es la nueva Indonesia. Sin embargo, el dolor también ha llegado a las grandes economías de Europa occidental: Gran Bretaña, Francia, Italia y, la mayor de todas, Alemania.
Como en Estados Unidos, la política monetaria —la reducción de tasas de interés en un esfuerzo por mejorar la economía— está llegando rápidamente a su límite. Eso deja, como la única forma para evitar la peor caída desde la Gran Depresión, el uso agresivo de la política fiscal: incrementar el gasto o reducir impuestos para incrementar la demanda. En este momento, todo el mundo ve la necesidad de un gran estímulo fiscal paneuropeo.
Todo el mundo, es decir, excepto por los alemanes. Merkel se ha convertido en Frau Nein: si debe haber un rescate de la economía europea, no quiere tener nada que ver con ello, y dijo en una reunión partidista que “no vamos a participar en esta carrera inconsciente por los miles de millones de dólares”.
La semana pasada, Peer Steinbrueck, el ministro de finanzas de Merkel, fue aún más lejos. No contento con negarse a desarrollar un plan serio de incentivos para su propio país, denunció los de otros países europeos. Acusó a Gran Bretaña, en particular, de comprometerse con un “keynesianismo insensible”.
Los líderes alemanes parecen creer que su propia economía está en buenas condiciones, y que no necesita gran ayuda. Es casi seguro que estén equivocados al respecto. No obstante, lo realmente malo no es su apreciación errónea de su propia situación; es la forma en la que la oposición de Alemania está evitando que Europa logre un enfoque común para resolver la crisis económica.
Para comprender el problema, hay que pensar en lo que sucedería si, por decir, Nueva Jersey intentara mejorar su economía por medio de recortes fiscales u obras públicas, sin que este estímulo a nivel estatal fuera parte de un programa a nivel nacional. Evidentemente, gran parte del estímulo se “filtraría” a los estados vecinos, de tal forma que Nueva Jersey terminaría con toda la deuda mientras que otros estados obtendrían muchos empleos, si no es que la mayoría.
Países europeos en particular se encuentran en gran medida en la misma situación. Cualquier gobierno que actúe unilateralmente enfrenta una gran posibilidad de acumular mucha deuda sin crear demasiados empleos internos.
Para la economía europea en su conjunto, no obstante, este tipo de filtración es menos un problema: dos terceras partes del promedio de importaciones de los miembros de la Unión Europea proviene de otros países europeos, de tal forma que el continente en su conjunto no depende más de las importaciones que Estados Unidos. Esto significa que un esfuerzo coordinado de estímulos, en el que cada miembro cuenta con sus vecinos para emparejar los suyos propios, le daría un impulso mayor al euro que los esfuerzos individuales, sin coordinación.
Sin embargo, no se puede tener un esfuerzo europeo coordinado si la mayor economía de Europa no sólo se niega a proceder, sino que amontona desdén contra los intentos de sus vecinos por contener la crisis.
La gran Nein de Alemania no durará por siempre. La semana pasada, Ifo, un instituto de investigación altamente respetado, advirtió que Alemania pronto se enfrentará a su peor crisis económica desde 1940. Si sucede y cuando ocurra, Merkel y sus ministros con seguridad reconsiderarán su posición.
Sin embargo, en Europa, como en Estados Unidos, el tema es el tiempo. Por todo el mundo, las economías se están hundiendo con rapidez, mientras esperamos que alguien, quien sea, proporcione una respuesta política efectiva. ¿Qué tanto daño se hará antes de que finalmente llegue esa respuesta?
* Columnista de ‘The New York Times’, profesor de Stanford University. Premio Nobel de Economía 2008. ‘The New York Times’ News Service.