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LA REFORMA AL SISTEMA DE SALUD ES casi un hecho (tocando madera). Lo siguiente: arreglar el sistema financiero. ¿Qué deberían intentar lograr los reformistas?
Gran parte del debate público se ha centrado en proteger a los que piden prestado. Es correcto: es buena idea lanzar una nueva Agencia de Protección a Usuarios Financieros que ayude a impedir prácticas crediticias engañosas. Y una mejor protección a los usuarios pudo haber limitado la magnitud total de la burbuja especulativa de viviendas.
Pero la protección a los usuarios, pese a que pudo haber evitado muchos préstamos riesgosos, no hubiera evitado la cada vez más grande tasa de morosidad en las hipotecas convencionales. Y ciertamente no hubiera evitado el monstruoso auge y quiebra de los bienes raíces comerciales.
La reforma, en otras palabras, probablemente no podrá evitar ni los malos créditos ni las burbujas especulativas. Pero puede hacer mucho para asegurar que las burbujas no colapsen el sistema financiero cuando estallen.
Recuerden que la implosión de la burbuja bursátil de la década de 1990, pese a que fue desagradable —las familias perdieron 5 billones de dólares— no provocó una crisis financiera. Entonces, ¿qué cosa fue diferente en la burbuja especulativa de viviendas subsecuente?
La respuesta corta es que mientras que la burbuja bursátil creó mucho riesgo, éste se disolvió a lo largo de toda la economía. En contraste, los riesgos creados por la burbuja especulativa de viviendas se concentraron fuertemente en el sector financiero. Como resultado, el colapso de esta burbuja amenazó con quebrar a los bancos de la nación. Y los bancos juegan un papel especial en la economía. Si no pueden funcionar, los engranes del comercio en general se paran por completo.
¿Por qué los banqueros se arriesgaron tanto? Porque les convenía hacerlo. Al incrementar el apalancamiento —esto es, al hacer inversiones arriesgadas con dinero prestado— los bancos pudieron incrementar sus ganancias a corto plazo. Y éstas, a la vez, se reflejaban en inmensos bonos personales. Si la concentración de riesgo en el sector bancario incrementaba el riesgo de una crisis financiera sistémica, ese no era problema de los banqueros.
Por supuesto, ese conflicto de intereses es la causa de que exista regulación bancaria. Pero en los años previos a la crisis, las reglas eran pocas. El resultado fue una industria financiera enormemente lucrativa, siempre y cuando el precio de la vivienda creciera —el financiamiento representó más de un tercio del total de las ganancias en Estados Unidos mientras se inflaba la burbuja—, pero que llegó al filo del colapso una vez que la burbuja estalló. Para sacar a la industria del precipicio fue necesario ayuda gubernamental a enorme escala, y la promesa de aún más fondos si era necesario.
Y esta es la cosa: dado que esa ayuda se otorgó con pocas condiciones —en particular, ningún banco importante fue nacionalizado aún cuando algunos de ellos claramente no hubieran sobrevivido sin la ayuda gubernamental— los banqueros tienen incentivos para volver a comportarse igual. Después de todo, ahora está claro que están viviendo en un mundo donde si cae cara ellos ganan, si cae cruz los contribuyentes pierden.
La prueba para la reforma, entonces, es si reduce los incentivos y capacidad de los banqueros para concentrar el riesgo.
La transparencia es parte de la respuesta. Antes de la crisis, difícilmente alguien se percataba de cuánto riesgo tomaban los bancos. Claramente sería útil contar con más información, especialmente respecto a complejos derivados financieros.
Más allá de eso, un aspecto importante de la reforma debería ser la aparición de nuevas reglas que limiten el apalancamiento bancario. La reforma realmente debería arremeter contra las prácticas de compensación de la industria financiera. Si el Congreso no puede legislar para evitar las recompensas financieras por tomar riesgos excesivos, por lo menos puede intentar fijarles un impuesto.
* Premio Nobel de Economía 2008.
c. 2009 – The New York Times News Service.