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El panorama político y electoral de Colombia en este momento de pandemia, crisis económica, deudas ambientales y sociales por pagar y una población joven que cada día impacta más en los asuntos públicos, se podría enmarcar en tres sectores con mucha potencia de cara a las elecciones de 2022 y otro como una especie de expectativa con aguante en el tiempo. En plata blanca, hoy en nuestro país los votos los tienen el Centro Democrático (no importa el candidato que escojan), Gustavo Petro y Sergio Fajardo. El cuarto sector que podría inflarse, porque ya tiene una causa, es el de Carlos Fernando Galán que demostró tener fuerza y nobleza de carácter en el debate que perdió por menos de 80 mil votos y donde obtuvo más de 1 millón de sufragios. Sin embargo, hay políticos que conocen de política, pero pierden porque saben poco de las cuestiones del poder. Y es aquí donde, desafortunadamente, vuelven a jugar los expresidentes en las próximas elecciones parlamentarias y presidenciales.
Desde los inicios de su vida, Álvaro Uribe Vélez se fijó como objetivo influir e incidir donde pusiera el ojo. Para eso encontró como instrumento de ese ideal la política. Luego de estar varios meses en prisión domiciliaria y recuperar su libertad hace algunas horas, volverá al ruedo con la pretensión de lo que le envilece: detentar el poder. Para algunos su detención logró que sus seguidores lo convirtieran en víctima y en una especie de “preso político” sin serlo por supuesto, por lo menos desde mi punto de vista. Ese relato permitió que la figura de Uribe circulara de forma permanente durante su efímero carcelazo. Su protagonismo (¿qué más busca un poderoso?) fue ininterrumpido. Los debates de cualquier sector estuvieron enfocados, por efecto o por defecto, en encarnar la figura del líder que ha inundado la palestra pública del país en lo que va corrido del siglo XXI. Es tan fuerte el contenido de este expresidente, que la algarabía de su libertad casi deja el mensaje de haber sido exonerado de un caso por manipulación de testigos que apenas comienza. ¡Cómo será de fuerte el alarido de sus huestes!
El otro exmandatario poderoso es hechura de Uribe. Si Álvaro es fanatismo hecho poder, Juan Manuel es la esencia del poderío de la Colombia que camina como un gato en el techo donde se “cuecen las habas”. Cómo será de poderoso Santos que llegó a la cumbre de Noruega con los votos de una primaria elección gracias a su mentor Uribe. Es decir, Santos es la verdadera paz del poder porque con una mano hizo la guerra como ariete de Uribe y luego por medio de su propia defensa logró firmar los acuerdos que lo llevaron a alzar el trofeo en los balcones de una fría avenida de Oslo. ¡Eso es poder! Y para rematar, la vigencia de las negociaciones que lideró serán, sin duda, tema central de la campaña proselitista que comienza a “sacar chispas” en los grupos antes descritos.
La historia de Colombia ha sido la eterna lucha por el poder de “casas políticas” regentadas por un “ex”. Lo fueron Caro contra Reyes, Laureano contra López, López Michelsen contra Misael, Turbay contra Lleras, Gaviria contra Samper, Samper contra Pastrana (perdura y parece que durará) y Uribe contra Santos.
Esta vez serán las maniobras de dos expresidentes enfrentados por el destino de un país que busca afanosamente consolidarse como nación, o lo que Uribe llama propagandísticamente “patria”. Ojalá los cuatro posibles aspirantes nos tracen un camino independiente para que, sin temores, saquen a Colombia de ser una patria de expresidentes.
¿Para cuándo la graduación como Nación? Ese sí será el tiempo del verdadero poder de la política colombiana.