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No sabemos qué nos depara en la pandemia del Covid-19. Muestra de cómo es posible que se nos modifique, de repente, la vida diaria y las bases de nuestra seguridad, la física y la económica, sin que lo hubiéramos previsto, sin que sepamos cómo será la vida dentro de unos pocos meses, como sociedad, comunidades, familias, como individuos.
Frente a lo imprevisible, el único dominio en el que podemos desplegar algún grado de control son nuestros actos. Sería absurdo pretender que podemos controlar nuestras emociones; sin embargo, lo que emprendamos debe estar marcado por la responsabilidad frente a los demás y hacia nosotros mismos. Se podría decir: “Hay que ser con miedo, pero no dejar de ser responsables por miedo”.
Por el Covid-19 hemos tomado conciencia de la envergadura de la pandemia del SIDA, tan reciente, con más de 30 millones de fallecidos. Se recupera el recuerdo histórico de otras, como la gripe española que, en 1918, se llevó la vida de más personas que las muertas por efecto de la primera guerra mundial. O de las pandemias del cólera en el siglo XIX y así, siglo tras siglo, hacia atrás. La actual, también, va en serio.
Una diferencia importante entre las anteriores y la actual pandemia radica en el nivel de interconexión en las comunicaciones a escala planetaria. Podemos acceder al mensaje fresco por Twitter del médico en Milán que nos dice que las unidades de cuidados intensivos no dan abasto y, por supuesto, a todo tipo de teorías acerca del origen del C19, del tamaño del peligro, del recetario a seguir.
Así como hay millones de directores técnicos virtuales de fútbol, que todo lo saben acerca de su equipo, millones opinan acerca de la gestión de la pandemia. Probablemente como espejo del miedo, la emoción más natural de cara a este tsunami democrático de salud pública.
En tiempo real hemos sabido de una constante: el oportunismo de políticos con gran poder de influencia en la comunidad. Trump, que al comienzo minimizó el riesgo y atribuyó el “escándalo” a los demócratas y los medio diseminadores de noticias falsas. O, en lo local, políticos que, daría la impresión, esperan con afán que las cosas salgan mal y así conseguir réditos de opinión favorable. Absurdo.
O sobre el paciente cero, si fue chino o norteamericano.
Claudia López, estadista de primer orden. Fue la primera en explicar la necesidad de “achatar” la curva del recorrido de la pandemia, de manera que el sistema de salud no colapse. Su prioridad: la ciudadanía. Estamos apenas al comienzo del recorrido de la curva, de modo que dependerá de cada uno de nosotros seguir las instrucciones oficiales.
Hay que apoyar al presidente Duque. Convencerlo, entre otras, de que la frontera con Venezuela es porosa y que, como en el volley o en el basket, puede pedir tiempo, suspender por un rato el partido y hacer acuerdos con las autoridades venezolanas. Es un tema de vida y muerte.
Hay una duda inmensa: los millones de trabajadores informales. Los que, para el sustento, viven de las ventas ambulantes, para quienes quedarse en casa no es una opción.
Los actos repudiables: los individuos que, en las tiendas y grandes superficies se llevan enormes cantidades de gel, alcohol, papel higiénico, en actitud de protegerse… o de especular.
Los héroes: enfermeras, médicos, quienes nos atienden en supermercados y farmacias; quienes nos transportan.