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Gracias al fallo de la Procuraduría, al descontento ciudadano en algunos frentes, a la ausencia de liderazgos y a su propia labia e iniciativa, Petro está nadando como pez en el agua en el acuario de la política y, de paso, modificando la posición de los jugadores de cara a los debates electorales del 2014 y del 2018.
Nada de lo ocurrido después de conocido el dictamen de Ordóñez hace una semana se habría producido sin el concurso de las redes sociales, parlantes inmensos del descontento.
Hasta hace poco, la dependencia de la información transmitida por los medios tradicionales (TV, radio, prensa escrita) era total. A diferencia de la manera en que se comunicaban los eventos antes, como hechos cumplidos e irreversibles, Twitter, Facebook o WhatsApp permiten conocer lo que ocurre en tiempo real y en forma masiva.
La discusión en las plataformas virtuales conduce, con frecuencia, a la generación de nuevos hechos políticos. En este caso, la convocatoria a las manifestaciones de parte de la Alcaldía y la difusión de mensajes puntuales (un “los espero esta tarde en la Plaza de Bolívar, la plaza de la Democracia” en Twitter, por ejemplo) tuvieron un inigualable amplificador en las redes sociales y el volumen de participación (tres en una semana) ha sorprendido a todos.
Las redes son una maravilla para los políticos y, también, para la ciudadanía. En política, el profesor de las redes en Colombia es, sin duda, Álvaro Uribe, que cuenta en Twitter con 2,7 millones de seguidores. Petro, quizás segundo, tiene la cuarta parte (655 mil) y Robledo, en la materia, es aún aprendiz (157 mil).
La ola virtual y física, en contra del fallo del procurador creció en forma impresionante y con derivaciones insospechadas. ¿Será espuma? Depende…
Se equivocan quienes creen que los participantes en las manifestaciones son petristas, empleados del Distrito y zorreros, y que el asunto le concierne sólo a Bogotá. Así fortalecen a Petro. El coctel de marchantes incluye gente, especialmente joven, harta de corrupción y de intolerancia basada, en creencias radicales religiosas y en una concepción estrecha del significado de la familia.
Se equivocan quienes, eufóricos por la ola, algunos con el chip revolucionario anterior a la caída del muro de Berlín, creen que no hay motivos de amplia desesperación ciudadana en una ciudad atascada y mal gestionada en varios frentes y que sienten que se está al borde de una especie de insurrección ciudadana pacífica, parecida a la egipcia del 2011. Si insisten en tal visión, descapitalizarán la oleada en semanas.
En la tierra de los ciegos caben sectores de izquierda incapaces de apoyar las gestiones de paz, negados a la autocrítica y con la miopía suficiente para no concurrir unidos al debate electoral; y, también, los partidarios de la bala venteada, los miembros de partidos tradicionales que no se incomodan con la corrupción y que adoran la mermelada del erario. Así, no es muy difícil ser tuerto.