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Internet y los derechos de propiedad

Rafael Orduz
07 de diciembre de 2009 – 11:19 p. m.

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HACE POCO SE ANUNCIABA LA SUbasta de unos retazos de película que mostraban a Marilyn Monroe en 1959 metiendo marihuana. Alguien pagó 250 mil dólares por la cinta, con la pretensión de subastarla en eBay.

Sin que los demás mortales hubiésemos pagado un centavo, podemos acceder en YouTube a parte de la trabada de la mona despampanante y muerta de risa (http://www.youtube.com/watch?v=2A6sPRpR9jU).

El cuento va a que la disponibilidad de la información, incluyendo formatos acústicos (canciones, por ejemplo), ópticos (fotos, videos), alfanuméricos (documentos de todo tipo), software, es cada vez mayor en internet. Cruzar los límites de la violación a la propiedad intelectual (PI) está a un paso.

Internet y la obligatoria globalización están dando al traste con diversas formas de PI. Es claro que la ley debe proteger a los autores e inventores, aunque también es evidente que la red abre inmensas compuertas para la generación, la difusión y el acceso a todo tipo de información, a cero costo.

Ocurre, con alguna frecuencia, que el peso de la ley cae sobre algún individuo. ¿Tienen futuro los casos ejemplarizantes?

Hace dos años, un humilde profesor ruso de Perm, en los Urales, Alexander Ponosov, fue demandado por utilizar copias pirateadas del sistema operativo Windows en los PCs de la escuela donde enseñaba. Michael Gorbatchov, en su página web, pedía clemencia al señor Gates, argumentando que Microsoft había hecho ganancias de mil millones de dólares al mes y que Ponosov podía ser recluido en Siberia. 

La RIIA (la Asociación de la Industria Discográfica de los Estados Unidos) ha concentrado sus esfuerzos contra la piratería escogiendo, al azar, a usuarios transgresores. Así, su última victoria consistió en caerle a un estudiante de Boston, Joel Tenenbaum, acusado de haber compartido en el 2004 treinta canciones a través de la ya desaparecida Kazaa, y obligarle a pagar US $ 700 mil. Jammie Thomas-Rasset fue vencida en juicio por la RIIA y condenada a pagar US $ 2 millones, unos meses atrás. ¿Habrá jóvenes, con acceso a internet, que no estén metidos en LimeWire o en Ares, sucesores de Kazaa, bajando y compartiendo música?

Es obvio que países como Colombia deben comprometerse a la defensa de los derechos de PI. Sin embargo, una salida a la 15 con 77 en Bogotá, muestra que hay centenares de distribuidores vendiendo todo tipo de software sin que haya autoridad que los frene, así como vendedores de DVD o libros “best seller” pirateados, en decenas de semáforos capitalinos.

En un mundo en el que Wikipedia, cuyos contenidos han sido construidos y validados en comunidades virtuales, derribó el esquema de la Enciclopedia Británica (los sabios escriben, los del común compran y leen), en el que los tradicionales diarios escritos ruegan para que sus ediciones en línea sean “picadas”, gratis,  por los internautas, y en el que el software libre gana espacio, es probable que los parámetros de la propiedad intelectual y los derechos de autor, por físico realismo, deban ser revisados.

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