Jóvenes adultos en dificultades laborales

Rafael Orduz
11 de diciembre de 2018 – 12:00 a. m.

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Los niños que se conviertan en adultos hacia el 2030 se encontrarán con mercados laborales completamente diferentes a los que les correspondieron a sus padres y abuelos. Si bien unos y otros vivieron épocas de profundos cambios tecnológicos, geopolíticos, culturales, lo que les corresponderá a los niños y jóvenes de hoy en un futuro cercano no es comparable. Una razón es la velocidad, sin precedentes, a la que están ocurriendo los cambios, particularmente en las tecnologías y la manera como se organizan la producción, la distribución y el consumo de bienes y servicios.

Por supuesto, conocemos parcialmente el abrebocas de lo que se viene en fenómenos como las redes sociales, el internet móvil, la famosa nube, el “big data”, el comercio electrónico y lo que escuchamos acerca de la inteligencia artificial, algoritmos, bioingeniería, nanotecnología, la impresión en tres dimensiones y otros campos. Sin embargo, los mayores impactos en los mercados laborales están por venir. Tal vez, el hecho de que no sea una cuestión del corto plazo explica el desinterés de los líderes empresariales y políticos, de los sindicatos y los mismos estudiantes en preguntarse qué debemos hacer para que los niños del 2018 puedan enfrentar los retos del 2030 con alguna solvencia.

Solo para seguir una de las hebras, la inteligencia artificial, es de esperar que la sustitución masiva de ocupaciones será una realidad en pocos lustros, desplazamiento que percibimos ya en actividades tan cotidianas como las de las transacciones bancarias virtuales, la compra de libros digitales o el uso de los servicios de los “rappitenderos”, que acaban con unas profesiones y crean otras, aunque no está claro si, en el saldo, las nuevas ocupaciones podrán compensar la fuerza de trabajo desalojada de las antiguas.

No solo serán los trabajos rutinizables los que la IA reemplazará. La IA incursiona, de forma creciente, en tareas que demandan competencias cognitivas. Ya no se limitan los peligros a decir que habrá computadores más potentes y veloces, y más inteligentes. La interacción con las ciencias biológicas y con las sociales tendrá efectos laborales profundos. El cuento que aún se escucha en el sentido de que los computadores no podrán reemplazar, por ejemplo, los sentimientos será caduco en pocos años. Finalmente, la forma en que sentimos y reaccionamos también puede predecirse si la IA puede reconocer los patrones en los que incurrimos. En otras palabras, la IA podrá sustituir desde médicos hasta ideadores de campañas publicitarias, ocupaciones hoy supuestamente protegidas por el nivel de conocimiento y talento implicados.

Como lo plantea Harari (21 lecciones para el siglo XXI), la gran revolución provendrá de la confluencia entre las tecnologías de la información y las ciencias biológicas.

Dados los grandes cambios, sería apenas deseable que la sociedad se preguntara cómo deben prepararse los niños de hoy, en un mundo en el que la educación formal tradicional, la conducente a los grados (“Dr.”, diplomado, especialista, magíster…), debe ser complementada (o quizás suplida) por el aprendizaje de toda la vida, con un fuerte componente de las llamadas competencias socioemocionales.

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