La cátedra tradicional: en crisis

Rafael Orduz
03 de abril de 2017 – 09:00 p. m.

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Sobra decirlo: gracias a la revolución digital estamos más comunicados. Sin embargo, internet, los móviles inteligentes, Twitter y las demás redes sociales, al fin y al cabo herramientas, se pueden usar también para que no le paremos bolas al interlocutor enfrente nuestro. Por ejemplo, en clase, a un maestro. Sin embargo, el profesor podría entender que su rol está cambiando y que las tecnologías de la información pueden convertirse en potentes aliadas.

Se ha recordado por estos días la carta del profesor Leonardo Haberkorn renunciando a su cátedra en la Universidad ORT de Uruguay, una de las mas prestigiosas. Refiriéndose a la atención que sus alumnos prestaban a sus charlas, dijo que “me cansé de pelear contra los celulares, contra WhatsApp y Facebook. Me ganaron. Me rindo. Tiro la toalla”. Se lamentaba de la pérdida de curiosidad y fascinación, pese a sus esfuerzos por hacer sus cátedras atractivas.

Muchos docentes en todo el mundo se sienten cada vez más frustrados de cara a unos estudiantes indiferentes, poco participativos, desatentos, pendientes de sus móviles. No obstante, ese abismo entre el que habla y el que no escucha pone de manifiesto algo más complejo: la crisis del modelo tradicional en el aula.

Lo que está en crisis es el rol del maestro que, supuestamente, sabe la verdad, dando cátedra a sus alumnos, que no saben. Las formas tradicionales de validación del conocimiento, aún vigentes, son proporcionales a la línea de autoridad en la estructura de mando académica. Vale decir, se trata de un modelo autoritario en crisis, presente en la educación pública y privada, de la básica a la superior.

El rol del docente debe cambiar para convertirse en el de facilitador, articulador entre estudiantes que, en contextos de colaboración permanente, se convierten, a su vez en micromentores. Para ello, los maestros deben estar dispuestos a aprender a utilizar de manera creativa la tecnología en espacios de colaboración. La información está en la red, en todos los empaques imaginables. ¿Cómo aprender (y autoaprender), ejercitarse, trabajar en equipo, desplegar la creatividad y la iniciativa, aprovechar los mejores contenidos disponibles en todas las ramas del conocimiento en la red?

Ya es un clásico el artículo de Mark Prensky (Digital Natives, Digital Immigrants) en el que diagnosticaba que un adulto jóven en la educación superior ha visto 20.000 horas de TV, gastado más de 10.000 en videojuegos y leído menos de 5.000 libros a lo largo de su vida. Esto fue en el 2001, sin redes sociales ni móviles inteligentes. Lo anterior refleja, quizás, lo aburridas que son las clases tradicionales.

¿Por qué no, aplicando nuevos modelos pedagógicos y usos creativos de las TIC, se le disputan algunos miles de horas a los videojuegos dedicándolos a las matemáticas, las ciencias naturales, la historia? Para ello, los docentes tienen que bajarse del pedestal autoritario en el que hoy están y disponerse a aprender al lado de sus pupilos.

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