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La diferencia hay que celebrarla

Rafael Orduz
20 de octubre de 2014 – 10:39 p. m.

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Colombia es un país privilegiado por la abundancia de diferencias étnicas, regionales y culturales, entre muchas.

Para algunos, los otros diferentes son inaguantables. Para otros, más liberales, hay que comportarse de forma condescendiente y tolerar las diferencias. Ambas formas de mirarse el ombligo propio desaprovechan la enorme potencia de una nación rica en diferencias y que, al contrario, pueden ser fuente de violencia.

A paisas y rolos, el Chocó y su población les suenan lejanos y ajenos. A un diputado antioqueño le pareció, no hace mucho, que “invertir en Chocó es como perfumar un bollo”. Con alguna excepción, profesionales afro-colombianos no han formado parte de la dirección de ministerios y entidades públicas. Para los grupos armados, la región tiene importancia estratégica en la cadena de producción, transporte y embarque de droga. El recuerdo de la masacre de Bojayá sigue fresco.

Ana María Arango, ganadora de la convocatoria de Antropología Visible en 2014*, trae mensajes valiosos del Chocó. Ella es una bogotana, docente e investigadora que vive hace varios años en la región. Más allá de su proyecto personal, la Corp-Oraloteca, que ha conseguido convertir en una empresa colectiva (su propósito: “valorar, visibilizar y salvaguardar las expresiones y saberes orales, sonoros y corporales del Pacífico colombiano”), Ana María, antropóloga de cuaderno de campo, contribuye a revelar hechos simples y naturales en el Chocó y extraños en la intolerante Colombia.

Para comenzar, hay que recordar que la historia del departamento ha sido, por siglos, la del saqueo. Sin embargo, en medio de la pobreza y el olvido, los afro-chocoanos han logrado construir lazos de solidaridad en su cotidianidad, medio clave de sobrevivencia en la adversidad. Y, detrás de ello, algo maravilloso: bailan cuando caminan, cantan cuando hablan, transmitiendo toda una serie de saberes.

Su permanente trabajo de campo, observar, escribir, reflexionar, la hicieron comprender que la construcción de la cotidianidad de niños y adultos en el Chocó se basa, en buena medida, en la musicalidad, presente en un sinnúmero de actividades. “Un complejo universo de códigos sonoros y corporales que inundan la cotidianidad de este territorio”, escribe Arango.

A los niños las madres les “sueltan los huesitos” para que no queden pegados y que, más tarde, no queden bailando como paisas.

A los colombianos nos hace falta, urgentemente, comprender que respetar la diferencia significa entender que se puede aprender del otro y, por esa vía, apreciarlo.

La antropología, una carrera poco valorada frente a las de atractivo comercial como la administración, es entendida por Arango como la cómplice de la celebración de la diferencia. De ahí que los antropólogos deban decirle al mundo, según Ana María, que la diferencia no hay que tolerarla, sino respetarla. Que es divertida y otorga poder al conglomerado de diferentes. 

*Cap. Antropología / Asociación de Egresados de la U. de los Andes.

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