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Hay dos posiciones que configuran una simetría que poco contribuye a que en Colombia se asuman retos cruciales. Una, guerrerista, polarizante, caduca; la otra, la que le atribuye efectos mágicos al proceso de paz.
De una parte, a partir de 2002, por hechos brutales como el secuestro y los asesinatos, la extorsión y los ataques a la infraestructura, se construyó el imaginario del enemigo número uno de la sociedad: las Farc. Aparte del hecho innegable de que el poder de fuego de la guerrilla menguó notablemente, el lenguaje desplegado en aquellos años incorporaba a la legión del terrorismo a los discrepantes, como ocurrió, por ejemplo, con quienes disentían del referendo del 2003. Largo catálogo de omisiones en política pública y de hechos graves se asoció al simplismo del lenguaje que polariza.
Ejemplo brutal el que recuerda la prensa de estos días a raíz de las declaraciones del coronel Robinson González, que han conducido a que la Fiscalía cite a juicio a cinco generales por su relación con ejecuciones extrajudiciales de civiles.
Otro reciente, la torpeza de tildar de castro-chavistas y auxiliadores del terrorismo a quienes impulsan o defienden el acuerdo de La Habana.
Sin embargo, el otro lado de la simetría, no por pacífico deja de ser vicioso. En forma esquemática, entre quienes somos partidarios del proceso de La Habana, podría hablarse de dos grupos:
El primero considera que los resultados del proceso de paz con las Farc cambiarán, de manera sustancial, a Colombia. Creen que, aunque se inicia una etapa difícil y de largo aliento, la tenencia de la tierra y el ejercicio de la política se democratizarán y que, a la postre, Colombia será más justa y equitativa gracias a la dinámica que desatará el acuerdo. Posconflicto se ha convertido en expresión obligada, asociada a múltiples temas (educación, cultura, salud, ciudad, “para el posconflicto”), cada vez más hueca de significado.
El segundo grupo apoya el acuerdo de paz y la perspectiva de un país con un importante ingrediente menos de violencia física, dándole vigencia, 25 años después, a la caída del muro de Berlín. Sin embargo, considera que debates y acciones alrededor de aspectos de primer orden no dependen, necesariamente, de lo que ocurra después de la firma del acuerdo.
Una lista corta, no priorizada: aparato productivo desmantelado y obsoleto, cuya fragilidad es evidente después de la caída de los precios del petróleo; inversión de vergüenza en ciencia y tecnología durante todo el período de las vacas gordas; minería ilegal depredadora del medio ambiente y usuaria del trabajo infantil; inseguridad rampante y ausencia de servicios públicos en vastas zonas rurales; cacicazgos regionales familiares más fuertes que nunca, como lo demuestran los pasados resultados electorales; país pluriétnico y cultural que no respeta a los indígenas ni a las comunidades afro colombianas; Bacrim…
¿Problemáticas cuyas alternativas de solución dependen de La Habana?