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Dos caras

Rafael Rivas
13 de abril de 2010 – 10:50 p. m.

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LA CANDIDATURA DE MOCKUS ES un fenómeno político muy curioso.

Los colombianos nos caracterizamos por tener una memoria de corto plazo. Por eso, es asombroso que la opinión pública recuerde a alguien que desde hace casi un decenio no ocupa un cargo público. Es muy posible que si se le pregunta a la gente por qué lo conoce, muchos no lo sepan. Y los que lo saben, probablemente mencionen alguna excentricidad: por haberse bajado los pantalones en medio de una discusión en la Universidad Nacional, por haberle botado un vaso de agua a Horacio Serpa en un debate televisado, por haberse puesto un sombrero amarillo gigantesco, que parecía un queso de feria agropecuaria, en las pasadas elecciones.

Si Mockus no hubiera hecho estas cosas, quizá la opinión pública no lo recordaría. Así que de cierta manera, sus excentricidades han mantenido viva su carrera pública. Y, sin embargo, tienen su lado negativo. Por hacerlas, se expone a que la opinión pública pierda de vista que, en contra de las apariencias, Mockus es un gran ejecutor.

Mockus fue responsable de la exitosa capitalización de la Empresa de Energía de Bogotá. Mockus presidió el plan de democratización de la ETB. Mockus le dio continuidad indispensable a Transmilenio. Por su insistencia en la obligación de respetar las normas y las leyes, Mockus fue uno de los pioneros en el tema de seguridad ciudadana. Si Bogotá se transformó durante las alcaldías de Mockus y Peñalosa, no fue solamente porque ambos se caracterizaron por explicar hasta la saciedad por qué hacían lo que hacían, sino porque lo hicieron. Y lo lograron hacer evitando los vicios políticos que la gente a veces cree que son necesarios para lograr la gobernabilidad.

En este sentido, Mockus pertenece al reducido grupo de hombres públicos colombianos (Gaviria, Uribe, Peñalosa) que pueden atribuirse un cuerpo de ejecutorías definido y concreto. Pero Mockus se distingue porque le otorga casi tanta importancia a compartir con la opinión pública sus procesos de reflexión, que son complejos y cuidadosos. Quizá sea esta dualidad la que llevó a una psiquiatra costeña a expresar su admiración por Mockus con la siguiente exageración. “¡A mí me gusta mucho Mockus! La mayor parte de nuestros políticos exhibe rasgos de sociópata; él, si acaso, sería esquizoide”.

Como suele suceder, sus fortalezas pueden también ser sus debilidades. Mockus es tan original como comunicador, y se sabe tan efectivo, que a veces se embeleza en el proceso de comunicación. Y a veces se excede buscando diferentes y novedosas maneras de hacerse entender. Eso le ocurrió en su pasada campaña presidencial, que se disipó en medio de gestos incomprensibles.

Sin embargo, si encuentra en esta ocasión un equilibrio entre la manera de decir las cosas y lo que quiere decir, puede ser un candidato formidable. A su favor está el hecho de que su candidatura ya no es un esfuerzo aislado, sino que cuenta con un equipo con peso político propio (Garzón, Fajardo, Peñalosa), que tiene interés en asegurar que se haga una campaña disciplinada, con el objetivo de ganar. Y si, en contra de los pronósticos actuales, gana, a juzgar por la manera como gobernó Bogotá, también puede ser un gobernante muy eficaz.

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