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HACE UNOS DÍAS EL MINISTRO DE HAcienda dijo que Colombia tenía una economía que era modelo en el mundo. Es una afirmación ambiciosa.
Hay que suponer que el ministro nos invitaba a mirar más allá del malestar actual, para reconocer los logros de la economía colombiana en el mediano plazo.
En los últimos cinco años la economía colombiana ha crecido a una tasa de 4% anual en promedio. La inflación promedio ha sido 2,8%. El déficit fiscal promedio ha sido 2,5% del PIB. LatinFocus, una publicación que resume el consenso de varios analistas, es optimista para los próximos cuatro años. Prevé un crecimiento promedio de 4,7% y una inflación promedio de 3%.
¿Ejemplo mundial? Aun si los pronósticos fueran ciertos, Colombia no es la estrella del vecindario. En los últimos cinco años la economía peruana ha crecido 5,7% por año en promedio. La inflación ha sido 2,4%. Ha tenido un superávit anual de casi 0,7% del PIB. LatinFocus prevé un crecimiento anual del PIB de 6,2% en los próximos cuatro años. Mientras que en el último lustro la industria en Colombia creció a una tasa de 1,1% anual en promedio, la manufactura peruana registró un crecimiento anual de 3,6%. Las cifras colombianas han sido más parecidas a las de Ecuador, que también creció a una tasa promedio de 4% y tuvo un déficit fiscal de 1,8% del PIB.
El desempeño colombiano, no malo, pero regular, ha sido consistente con el nadado de perro que caracteriza un país donde ningún problema se trata de resolver del todo. Se le da manejo. Se le da manejo al problema pensional. Se le da manejo a los temas de planeación urbana. Se le da manejo al despilfarro de las regalías. En términos generales, se intenta dar solución a sus manifestaciones más inmediatas y se postergan las decisiones más complicadas, con la esperanza secreta de que, como un virus pasajero, los problemas terminen resolviéndose solos. Como los logros de la economía colombiana no han sido malos en un periodo más largo, 40 años, por ejemplo, hay que concluir que los colombianos tenemos cierta destreza en darles manejo a las dificultades. Pero de allí a sostener que eso constituye un ejemplo para el mundo hay un largo trecho.
Es posible que el ministro realmente crea lo que afirma. Sería reflejo de una posición filosófica conservadora, que consiste en pensar que la gradualidad en el manejo de problemas, evitando sobresaltos, sopesando la importancia de los diferentes grupos de interés, es la mejor manera de administrar problemas complejos. De hecho, la historia de Colombia se distingue por esta gradualidad adaptativa, a la manera del caso inglés en el contexto europeo.
El nuestro es un modo de hacerles frente a nuestros asuntos que, en todo caso, tiene riesgos. Entre ellos, obviamente, el riesgo de subestimar las presiones de cambio en un mundo que no se queda quieto. En comparación con el caso de Perú o de Brasil, por ejemplo, nuestro sistema político, con sus delfines y sus eternos caciques regionales, parece estancado. Aquí casi no se ven caras nuevas, ni en los automóviles oficiales, ni en la gran prensa, ni entre los capitanes de industria. No da la impresión de ser una sociedad en efervescencia. Ni la economía, una locomotora. De pronto una dresina de palanca.
Aun en un ámbito más reducido, el de la tecnocracia, la incapacidad para resolver problemas de manera ambiciosa, que parecería el rasgo de una personalidad que prefiere la astucia a la audacia, es costosa. Nuestro desempeño económico no es malo. Pero estaría más cerca de ser un ejemplo para los demás (y de satisfacer las aspiraciones propias) si las ejecutorias fueran más parecidas a la retórica oficial. Mientras tanto, si el mundo quisiera buscar modelos en la región, va a mirar un poco más abajo.