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Una crisis útil

Rafael Rivas
12 de enero de 2015 – 07:42 p. m.

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No hay maneras de que los próximos dos años no sean traumáticos.

A pesar de que los peligros de la enfermedad holandesa son conocidos (el aumento de las exportaciones de materias primas causa revaluación, deprime la industria y genera pugnas redistributivas que promueven un gasto público excesivo), Colombia es un ejemplo de texto de un paciente enfermo por descuido.

En los últimos 10 años, las exportaciones de petróleo crecieron hasta representar casi el 60% de las exportaciones totales, sobre todo por el aumento de los precios. Los ingresos y gastos del Gobierno aumentaron. El apogeo del ciclo coincidió con la reelección, que en sí no es una época de austeridad. Ahora se acabó la diversión y viene un ajuste fuerte.

Hay quienes predicen que la tasa de crecimiento quizá no baje de 4% en 2015 y 2016. No es claro cómo: esa es una tasa de crecimiento superior a la tasa promedio para la economía colombiana. Así que seguramente será menor. Si la situación por fuera se complica más, puede ser cercana a 2%. Y como el Gobierno gastó mucho en época de bonanza, no va a poder gastar tanto en época de crisis. Al revés de lo que debería ser.

Los gobiernos, éste y el anterior, pensaron que podían evitar una reforma fiscal seria porque les alcanzaban los ingresos. Ahora ya no alcanzan y seguimos teniendo una estructura de ingresos y gastos muy malsana. Por el lado de los ingresos, hay exenciones, zonas francas, impuestos antitécnicos y, sobre todo, incertidumbre. ¿Cómo nos siguen diciendo que los nuevos impuestos se van a desmontar en 2018? Ese año no se acaban estos impuestos, sino este gobierno.

Por el lado del gasto, hay un régimen de salud no financiado y un esquema de pensiones insostenible. En el caso de la salud, se puede aumentar la eficiencia y reducir la endémica corrupción, pero es dudoso que se puedan reducir los gastos. En cambio, en el caso de las pensiones sí podría haber ahorros importantes y falta mucho por hacer, porque no hemos llegado a un punto estable. Los intentos de reforma son socavados por los jueces. Y, en respuesta, las administraciones tratan de controlar la sangría a punta de arbitrariedades, que vulneran a los pensionados y generan suspicacia aún entre aquellos jueces que estarían dispuestos a apoyar una reforma clara.

Una de las características que tiene que tener una reforma pensional es afectar los llamados “derechos adquiridos”, como ha ocurrido en otros países, reduciendo las pensiones altas de los pensionados actuales y volviendo al régimen de 13 mesadas, en lugar de 14, para todos. Dada la resistencia de las cortes a aceptar este tipo de medidas, hará falta una reforma constitucional para poder llegar a una solución equitativa. Pero no tiene sentido seguir pretendiendo que a punta de normas que sólo regirán para las generaciones futuras se le pondrá fin al sistema absurdo de hoy. Finalmente, sería ideal establecer mecanismos para congelar los ingresos tributarios que se generen cuando el precio del petróleo supere, por ejemplo, los US$75 por barril, para evitar recaídas futuras. Los empresarios que podrían exportar con el dólar a $2.400 no invertirán si prevén una nueva revaluación apenas suba el petróleo.

Nada de esto es fácil. Pero ya que al Gobierno le esperan días aciagos, podría aprovechar la crisis para intentar resolver estos problemas con buenas reformas. Aun si no lo logra, comenzar el proceso es ya un adelanto. La crisis no la vamos a evitar, pero si se aprovecha, en retrospectiva, podría llegar a ser una crisis útil.

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