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El hombre que quería irse

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EL 1 DE ENERO DE ESTE 2009, SE CONOce la noticia de la muerte de Julio Nieto Bernal, el archiconocido periodista radial, acaecida el último día de 2008. No le alcanzaron las fuerzas para ver el nuevo año, porque un infarto fulminante le decretó la partida, sólo que ella no ocurrió por un tiempo ni en la forma como la pensó y diseñó.

Me encontraba con Julio, si no en cine, en un supermercado o en la calle, y siempre conversábamos sobre el enrarecido futuro de este país preso del embrujo totalitario. Nieto exponía las razones de su fastidio, todas institucionales, ninguna visceral. Me sorprendía que un periodista y abogado de tanto recorrido, en vez de optar por el camino fácil que han tomado muchos de sus colegas, hoy convertidos en aplaudidores del régimen o en asesores de imagen o lobbystas de ministros, hubiese tomado la radical decisión de no jalarle a nada con el actual Gobierno, determinación por cuenta de la cual cobra interés un episodio surgido de mis últimos encuentros con Nieto Bernal.

Un buen día del lluvioso noviembre pasado, me encontré con Julio en cualquier sitio, detuvimos la marcha y nos entregamos al delicioso arte de conversar, que él ejecutaba con lujo y competencia. De pronto me planteó una idea que entonces me pareció rara, hasta hoy que la interpreto como el presagio mortal que aquejaba el alma atribulada de Julio.

Pretendía Nieto Bernal abandonar el país si el Presidente decidía reelegirse, como parece que ocurrirá. Cuando le pregunté si estaba amenazado, me contestó que lo estábamos todos de perpetuarse en el poder “este Señor”, como el inolvidable periodista se refería al que sabemos. Pero a Julio no le bastaba solamente irse, sino que como abogado que nunca dejó de serlo, quería dejar memoria protocolizada de su autoexilio, concurriendo a una Notaría para declarar mediante escritura pública y en presencia de dos testigos, que se iba del país y sólo regresaría cuando cambiara el inquilino de la casa presidencial.

Nieto siempre ejecutivo me propuso que fuera uno de los dos testigos instrumentales que deberíamos acompañarlo a esa Notaría, donde esperaba dejar constancia de su fatiga y desesperación, y además hacerla pública. Cruzamos un par de llamadas telefónicas con el fin de terminar de tejer el insular propósito de irse del país porque este curtido comunicador no resistía vivir en el reino de ningún falso mesías.

En esas andábamos, pensando Nieto en los términos precisos de su minuta, y este columnista en el inusual encargo que se me ofrecía, cuando llegó diciembre y tácitamente entendimos que el proyecto se ejecutaría en enero, tanto más cuanto que para entonces se conocieron las agresivas señales de que, contrario a lo sugerido, se está trabajando una nueva reelección presidencial.

Dicen que la muerte se presiente de muy diversas maneras, como creo que le sucedió a Julio. El primer día de este año, cuando otro amigo me informó del adiós del gran locutor, comprendí que su afán por abandonar su patria querida no fue un extraño invento, ni menos una necedad. Fue el inicio de su partida.

Se fue Julio Nieto Bernal, sin firmar su escritura pública de despedida, sin que sus testigos concurriésemos a ninguna Notaría, pero dichoso él que por fin es libre. Paz en su tumba.

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Adenda. Atroz la foto en la que un alevoso empleado de la Plaza de Toros de Cañaveralejo de Cali, salvajemente arrastraba del pelo a uno de los críticos de la fiesta brava. Pero más indignantes, los aplausos de esos comentaristas locales que anidan un paraco en su corazón, que salieron a defender la brutal agresión.

notasdebuhardilla@hotmail.com

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