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¡Cinturones de castidad del mundo entero, uníos!

Ricardo Bada
14 de agosto de 2014 – 10:02 p. m.

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En Leiden, una bellísima ciudad universitaria de los Países Bajos donde algún tiempo residió Benito Baruch Spinoza, se celebró en octubre de 1998 un congreso de gente joven bajo el lema “El auténtico amor espera”.

Los jóvenes calvinistas holandeses organizadores de, y participantes en, ese congreso, lo tenían muy claro: los placeres de la vida sexual deben quedar reservados a las parejas que se unen en sacrosanto matrimonio. Naturalmente cabía preguntarse por qué no abjuraban de su fe calvinista para convertirse al catolicismo según el modelo del papa entonces reinante en el reino feudal del Vaticano, Juan Pablo II, pero a lo mejor esta hubiera sido una pregunta demasiado indiscreta.

Lo cierto y verdadero es que en ese congreso circularon unos formularios de contrato (perdón, pero no encuentro otra palabra para traducir del neerlandés el término overeenkomst), los cuales contratos, al ser firmados, obligaban a quienes los suscribían a ser castos hasta la hora del matrimonio. Y ello porque, como dije, “el auténtico amor espera”. Con lo cual, indirectamente, los contratantes caían en una trampa semántica: la de que el verdadero amor pasa por el sexo. Pero sea.

El tema se prestaría a una glosa ridiculizante si no fuese porque me pareció que se trataba de la punta de un iceberg de neoconservadurismo que ya había tenido su expresión más nauseabunda en el informe del fiscal Starr sobre las relaciones entre Bill Clinton y Monica Lewinsky.

Quienes contribuimos a hacer la revolución sexual de los años sesenta (y créanme que me siento feliz y orgulloso de poder usar en este caso la primera persona del plural, y no precisamente como plural mayestático), no podíamos sino recordar, a la vista del congreso de Leiden, lo que sucedió en el Estado Nacional de Santiago de Chile cuando la visita de Juan Pablo II a esa “espada colgada al flanco de América”, según bautizó Giraudoux al país de Gabriela Mistral, y es una metáfora que suele adjudicársele a Borges, pero no es suya.

El papa le preguntó allí a la juventud chilena si era cierto que estaba en contra de las drogas y recibió como respuesta un estruendoso “sí”; le preguntó si estaba en favor de la justicia y recibió otro estruendoso “sí”, y por último le preguntó a esa misma juventud si no era cierto que estaba en contra de las relaciones sexuales prematrimoniales, y los jóvenes arracimados en el Estadio Nacional le megafonearon a renglón seguido un estentóreo “¡NOOOO!”.

Con todo el respeto que me merecen las opiniones ajenas, en octubre de 1998 les sugerí a los jóvenes calvinistas holandeses que se diesen una vuelta por Chile. Donde quién sabe si no les esperaba el auténtico amor.

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