Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Para la escritura de mi largo artículo sobre Cortázar (que apareció en estas mismas páginas el pasado lunes 10) tuve que remover muchos archivos, algunos en soporte papel, polvorientos y donde el tiempo se había puesto amarillo como dijo Miguel Hernández que lo hará en las fotos.
Uno de ellos tenía que ver con un caso doloroso del que jamás conté nada a nadie, pero pienso que ha pasado el tiempo suficiente como para poder relatarlo sin herir a terceras personas.
Les estoy hablando de hace más de 30 años y es un caso que me afectó muchísimo, el de una joven alemana, recién recibido su doctorado en una Universidad de Renania, y cuya tesis había versado sobre el idioma de Cortázar. Cuando supe de ello, me interesé mucho y le escribí a la autora pidiéndole el favor de que me enviase una copia. Lo hizo sin dilación, y su trabajo me pareció excelente. Excepto en un punto fundamental: su tesis se basaba en la convicción de que Cortázar, tan aficionado a las citas, al citar modificaba sutilmente los originales, “cortazariándolos”. Y sustentaba su argumentación con una docena de citas de la Biblia, contrastando a doble columna lo que aparece en ella y en los textos de Cortázar. Y en efecto, había mucha diferencia, sólo que las citas de JC tenían un perfume que a mí no me convencía: “Este no es mi Julio, que me lo han cambiao”, como diría mi abuela Remedios, la bella y sabia.
Mi sospecha se confirmó cuando comprobé que la joven doctora sólo había consultado la Biblia en la traducción católica de Nácar-Colunga, en la Biblioteca de Autores Cristianos, tal vez por desconocer la existencia de la traducción protestante de Casiodoro de Reina… que es de la que citaba Cortázar, ¡literalmente! [Ejemplo del Cantar de los Cantares: donde Nácar-Colunga traduce: “Mientras reposa el rey en su lecho / exhala mi nardo su aroma”, en Casiodoro de Reina se lee: “Mientras el rey estaba en su reclinatorio / mi nardo dio su olor”]. Como se trataba de una tesis doctoral y ello podría traerle consecuencias a la joven doctora si alguien más descubría el error, le escribí de inmediato, alertándola, para que pudiese hacer las correcciones pertinentes. Su respuesta me dejó anonadado: su respuesta fue que ya no era posible, pero además no le importaba, y tampoco le importaría si yo publicara lo que había descubierto. Le quedaba muy poco tiempo de vida, me decía, y así fue, murió poco después, de un cáncer irreversible e inoperable. Por supuesto, jamás publiqué una sola línea al respecto, aunque sabía que podía, y hasta quizás debería hacerlo.
Hoy, tantos años después, cuando el tiempo se puso amarillo sobre el recuerdo, qué importa ya.