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Hace poco, respondiendo a un preocupado email por la suerte de mis cuates en México, a consecuencia del último terremoto, mi amiga Laetitia me escribió: «en tiempos de sismos o seísmos, no sé a quién hacerle caso, si a El País, o como lo decimos en mi país».
Le respondí que nunca olvidase la vieja y sabia norma: “Donde fueres, como vieres”. Que en México sería sismo, y seísmo en El País, y que en Andalucía se nos caería el alma a los pies si nos obligasen a decir una palabra distinta a terremoto.
De todas maneras aproveché la oportunidad para consultar el diccionario de la Academia y encontrar confirmado que ambas formas, seísmo y sismo, están homologadas, pero me dio curiosidad por saber qué tal se describía al terremoto, y me encontré con una gran sorpresa ontológica. Según la docta RALE, el terremoto deriva su nombre del latín terraemotus, y consiste en una “sacudida del terreno, ocasionada por fuerzas que actúan en lo interior del globo”. Ah caramba, me dije, no se producen en “el” sino en “lo” interior del globo. Tal descubrimiento me indujo a tratar de averiguar qué podría ser “lo interior” para la Academia, y ubiqué la palabra “interior” cinco veces como adjetivo, y ocho como sustantivo, pero en los ocho casos masculinos (en Venezuela, por ejemplo, parece que designa al calzoncillo, ¡qué ternura!)
Es decir, que los propios académicos carecen de una definición para algo que alegan o reseñan como lugar donde se originan otros fenómenos que sí definen… a partir de tal cosa indefinible. Nada más condescienden a registrar la existencia de un arcaísmo, “gentilhombre de lo interior”, que a su vez remite a “gentilhombre de boca”, definido de modo tan donoso que no resisto la tentación de copiarlo: “Criado de la casa del rey, en la clase de los caballeros, que seguía en grado al mayordomo de semana, y cuyo destino propio era servir a la mesa del rey. Posteriormente solo acompañaba al rey cuando salía a la capilla en público o a otra fiesta de iglesia, y cuando iba a alguna función a caballo”.
Por si acaso, recurrí a la socorrida doña María Moliner, y ella, en la entrada correspondiente a “interior”, también nos remitía al académico “gentilhombre de lo interior”. Busqué en la G, donde “gentilhombre” me remitió a “gentil HOMBRE”, o sea, a la H, y allí me enteré de que un “gentil hombre” es un “gentilhombre”. Si no se trata de un caso ejemplar de pescadilla que se muerde la cola, que vengan los dioses y lo vean. Sea como fuere, confesaré que eso de que los terremotos sean sacudidas ocasionadas por fuerzas que actúan en lo interior del globo, me parece tan poético que me reconcilia con el diccionario.