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En los directorios telefónicos alemanes, que desde la marcha triunfal de los teléfonos celulares ya no se publican, con el consiguiente ahorro anual de un pequeño bosque, las primeras páginas estaban dedicadas a las condiciones legales del uso, las explicaciones técnicas ilustradas con pictogramas, y unas ayudas específicas que consistían en dos alfabetos, uno para los topónimos domésticos (y los apellidos personales) y otro para los internacionales.
Pondré un ejemplo. En Alemania es costumbre que al llamar a alguien desconocido (un funcionario público, pongamos –¿o será coloquemos?– por caso) uno se identifique con el propio apellido más su deletreo correcto, para evitar errores de comunicación. En mi caso concreto, y como Bada suena en alemán casi lo mismo que Bader y Baader, yo me identificaba así: “Mein Name ist Bada, ich buchstabiere: Berta Anton Dora Anton [Me llamo Bada, le deletreo: Berta Anton Dora Anton]”. Muchas veces las secretarias de nuestra redacción se preguntaban a gritos entre los cuatro despachos de la misma: “¿Sabe alguien dónde está Berta Anton Dora Anton?” Y se reían, las muy malditas.
Pues bien, resulta que menos de dos meses desde que los nazis llegaron al poder, un ciudadano de Rostock llamado Schliemann escribió el 22 de marzo de 1933 a los Correos Alemanes indignado porque en ese alfabeto doméstico figurasen nombres que no podían ocultar su ascendencia judía: David, Nathan, Samuel, Zacharias, etc. Ni que decir tiene que su denuncia surtió efecto: David se convirtió en Dora, Nathan en Nordpol [=Polo Norte, la cuna de la raza aria], Samuel en Siegfried y Zacharias en Zeppelin. Después de la guerra, en los años 80, el alfabeto fue modificado por la norma DIN # 5009, aunque mantuvo la mayoría de los nombres arios, como lo demuestra el caso de Dora, del que doy fe. Sólo Siegfried volvió a ser Samuel. Pero ahora, con motivo de los festejos por los 1.700 años de vida judía en Alemania, y como un gesto simbólico, se quiere restituir el anterior a 1933.
Por lo que respecta al alfabeto para deletreo de nombres internacionales, puedo contar una anécdota familiar divertida. Recién llegado a Alemania en 1970, mi hermano no hablaba ni entendía alemán, y un día que vino a visitarnos en Colonia le pregunté si quería hablar con nuestros padres. Dijo que sí y llamé a la centralita para encargar una conferencia con España y hablar con el número 2197 en Huelva, “ich buschstabiere: Havanna Uppsala Edimburg Liverpool Valencia Amsterdam”. Al colgar vi que mi hermano me miraba asombrado y articuló su asombro preguntándome: “¿Por todos esos sitios tiene que pasar la llamada para llegar a Huelva?” Todavía me río al recordarlo.