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Cualquiera que tenga un amigo chileno sabe que en un elevado % de su discurso se sirve de la palabra “huevo”, bien en femenino y plural, o bien en aumentativo masculino singular, para lo cual basta con añadirle una “n” y encajarle un acento rotundo encima de la “o”. ¿Lo captaron? Entonces vamos por buen camino.
Ahora, en lo que resta de mi columna, a la primera posibilidad la llamaremos “fonema A”, y a la segunda “fonema B”. Pues resulta que el seudónimo profesor Cosme Portocarrero publicó en su día, en Chile, un libro titulado La palabra “fonema B”, de sólo 76 páginas, pero sin desperdicio.
En él se analizan lingüísticamente docenas de variantes tanto del “fonema A” como del “fonema B”, sirviéndole ello al profe Portocarrero para hacer una cala profunda en el habla cotidiana de sus compatriotas, incluyendo expresiones populares en las que el “fonema A” (= “huevo” en femenino y plural), de puro sabido, ya se elide u omite. Baste con este ejemplo: “Don Blas está muy conforme con que su cuarto hijo haya sido un chinito, porque dice que de cada cuatro personas una es china. ¡El viejo las tiene del año que le pidan!”.
Y en un impagable “Florilegio” que incluye su impagable libro, el profe Portocarrero caracteriza irónicamente ciertos usos del “fonema B” (= “huevo” con “n” al final y acento en la “o”). Pondré sólo tres ejemplos. Al primero, “¿Habrá fonema B más grande que yo?”, Portocarrero lo denomina “el fonema B existencial”. Al segundo, “¡Pero si ése es fonema B por donde lo miren!”, el profesor lo bautiza como “el fonema B tridimensional”. Y al tercero, “Te dejaron plantado por fonema B”, don Cosme lo califica de “el fonema B vegetal”.
Así podría continuar en esta cuerda floja de no decir las cosas por su nombre, si no fuese porque quiero citar una de las conclusiones del profe Portocarrero, acerca de por qué el chileno es tan mal hablado. Según él, se trata de una manifestación “de la negra envidia, señalada y descrita por ilustres escritores y pensadores de todos los tiempos, ese sentimiento vituperado por los moralistas medievales, satirizado por Rabelais, analizado por Montaigne, descrito por Larra y teorizado por Ortega; el ‘vicio chileno’ ironizado por Edwards, Bello y muchos otros analistas del alma criolla, que lo han declarado como una de las facetas más acusadas de la conducta y el pensamiento de nuestro pueblo”.
Me parece excesivo, profe Portocarrero: si hay un solo pueblo, uno, uno solo, con la posible excepción de Mónaco (tal vez también Liechstenstein), cuyos ciudadanos no son envidiosos del bien ajeno, que vengan los dioses y me muestren las pruebas. El chileno es un envidioso más del montón, y eso le pasa por fonema B.