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Además de otras muchas cosas, Internet es también un sistema internacional de vasos comunicantes de los mejores chistes. Por ejemplo éste:
Descubren un bebé a la puerta del FMI al amanecer, cuando llegan los primeros empleados. Alimentan a la criatura, y se envía un informe del caso al Presidente preguntándole qué debía hacerse con ella. El Presidente dictó el siguiente memorándum: «Acuso recibo del informe acerca de un recién nacido de origen desconocido encontrado en la puerta de nuestro edificio. Formen una comisión para investigar y determinar: 1°, si ese niño es producto doméstico de nuestra organización; y 2°, si algún empleado se halla involucrado en el asunto».
Al término de sus investigaciones, la comisión envió al Presidente el siguiente dictamen interno: «Tras llevar a cabo las más diligentes pesquisas, concluimos que el niño en cuestión no está conectado con esta organización. Fundamentan dicha conclusión los siguientes argumentos: 1°, en el FMI nunca se da el caso de que dos personas colaboren de manera tan íntima; 2°, no hay constancia de ningún caso precedente en el que nuestra organización haya hecho alguna vez alguna cosa que tuviese pies y cabeza; y 3°, en nuestra organización jamás se proyectó nada que estuviese listo en nueve meses».
Hasta aquí el chiste. Ojalá les haya gustado y, en realidad, si lo consideran más a fondo, no es tal chiste. Sencillamente es la expresión, por medios humorísticos, de sangrientas realidades.
Los chistes, como ya dictaminó Freud, el inventor del sicoanálisis, arrojan una luz cruda sobre las nueve décimas partes del iceberg que constituyen el cuerpo social. Por mucho que nos riamos con ellos, lo cierto es que en la mayoría de los casos deberíamos temblar.
Es el mismo fenómeno que sucede con la mayoría de los políticos, y cuanto más alto se encuentran en la escala del poder, tanta más risa producen las superfluidades y/o mentiras que dicen y que al parecer ellos mismos se las creen. Aunque el resultado lo vemos luego en las estadísticas y se traduce en cacerolazos, algaradas callejeras, saqueos de supermercados, protestas… y todas estas no son sino las más inocentes consecuencias de sus superfluidades y/o mentiras.
Hay consecuencias menos inocentes: bombardeos, huérfanos, hambre, exilio, desesperanza. Pero los políticos, siempre tan de buen humor (¿o no se fijaron que se pasan la vida sonriendo?), para designar esas menos inocentes disponen de un nuevo chiste: de humor negro. Las llaman «daños colaterales». Créanme si les digo que quienes no creemos en el Juicio Final, de a deveras, pero que muy de a deveras, desearíamos equivocarnos.