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Erratas que no lo son

Ricardo Bada
10 de abril de 2014 – 11:10 p. m.

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En su columna del 21-10-2013, Héctor Abad Faciolince se refirió a una errata memorable, que calificó de bendita: tal y como él lo cuenta, una mañana, en una bostezante novela de Pereda, “doña Manuela se levantó con el coño fruncido”.

Creo que todos podemos contar alguna anécdota que incluya una errata notable, incluso alguna de la que hemos sido el involuntario protagonista y/o la víctima. Para hablar del caso que mejor conozco, y es el propio, me basta pensar en mi crónica titulada Historia fotográfica de la infamia (sobre fotos hechas en la calle, por ciudadanos alemanes comunes, durante el régimen nazi), y que al publicármela apareció con el título Historia fotográfica de la infancia.

Ahora bien, asimismo creo que todas las erratas memorables que podamos recordar fueron desde luego involuntarias, y a mí las que más me interesan son aquellas que no lo son, es decir, aquellas donde se nota sin duda que hubo una intención de errar.

El caso que mejor conozco es un libro editado en Madrid, 1967, por el Servicio Informativo Español, en la imprenta del Ministerio de Información y Turismo, domiciliada en la avenida del Generalísimo 39. Se trata de un libro de 224 páginas (una de ellas con foto del inferiocre, como suelo llamar al tal Generalísimo), perteneciente a la serie “Documentos políticos”, y se titula Leyes fundamentales del Estado, la Constitución española.

Pues bien: al llegar a su página 176 se encuentran dos cuadros sinópticos desplegables y en el segundo de ellos, donde se enlistan los órganos del Gobierno, dice literalmente: “Jefe del Estado (presidente de la República)”.

Por muy poco que conozcan de la historia de España, pensar que en pleno franquismo —y nada menos que en 1967, con el mandamás del búnker, Carrero Blanco, ejerciendo ya como primer ministro in petto—, se le endosaba al inferiocre la dignidad de presidente de la República, y nada menos que en un libro editado oficialmente por uno de sus lacayos, convendrán conmigo en que es algo que requiere harta voluntad de errar y harto más cachondeo (en el sentido español de burla, guasa).

No he logrado averiguar quién pagó los platos rotos por tal “errata” que claramente no lo era, pero no es menos claro que tuvo que pagarlos alguien, ese género de bromas no quedaba impune en la España del Caudillo por la Gracia de Dios. Lo que sí pude averiguar es que en las librerías de viejo de la península, agrupadas en www.iberlibro.com, quedan 11 ejemplares de la edición, a precios que van de los 3 a los 18 euros (el más caro). Y es que, rara avis, los libreros de viejo españoles no parecen haberse percatado de la existencia de una errata que vale su peso en oro.

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