Publicidad

Goethe en el mundo hispánico

Ricardo Bada
28 de agosto de 2014 – 10:51 p. m.

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

“Padre nuestro, Goethe, que estás en los cielos”: así comienza un poema de Gabriela Mistral.

Pero donde escribió “cielos” hubiera debido escribir “Olimpo”, porque para el mundo hispánico Goethe (n. 28-8-1749) viene a ser un sinónimo de lo divino, y por lo tanto de lo extraño.

Los españoles y los latinoamericanos somos humanos, demasiado humanos. O dicho de otra manera: si tuviésemos que elegir entre Apolo y Dionisos, seguro que preguntaríamos: “¿Y por qué no Adán?”. Pero si no es posible elegir a Adán, entonces Dionisos. Y Goethe, no hace falta decirlo, además de divino es apolíneo.

Por otra parte, y es dolorosamente cierto, este mismo Goethe dejó dicho alguna vez que prefería la injusticia al desorden. Una crasa contradicción con el sentido de la justicia de Don Quijote, sinónimo también de la manera hispana de sentir la vida. Y sin embargo, Goethe, Goethe über alles, Goethe por encima de todo en todo el mundo de habla castellana. ¿Por qué? El pensador catalán Eugenio d’Ors puede haber acertado con la clave cuando escribió que “quisiéramos hablar como Demóstenes, escribir como Bocaccio, pintar como Leonardo, saber lo que Leibniz, tener, como Napoleón, un vasto imperio, o como Ruelbeck, un jardín botánico”, pero “quisiéramos ser Goethe”.

La historia de esta contradictoria fascinación se remonta a 1830. Un joven escritor cubano visitó entonces a Goethe en Weimar. La carta de recomendación de un gran amigo le abrió a don José Cipriano de la Luz y Caballero (¡qué nombre tan sugestivo!) las puertas de la casa del consejero áulico. Éste, ya de 81 años, recibió cordialmente al cubano, que andaba por los 30. No en vano se llamaba Cipriano, como el protagonista del drama de Calderón titulado El mágico prodigioso, que desde siempre ha sido llamado, y siempre sin mucho fundamento, “el Fausto español”.

Cuando don José Cipriano regresó a Cuba, le encargaron en La Habana la dirección del Colegio El Salvador y se dedicó allí de un modo tan entusiasta como contagioso a la divulgación y al estudio de las letras alemanas, principalmente de la obra de Goethe. Y así sucedió algo bastante paradójico, a saber: fue gracias a la influencia del círculo goethiano creado en La Habana, al otro lado del océano, que Goethe llegó finalmente a alcanzar en España, cuando concluía el siglo XIX, la posición destacadísima de que hoy disfruta.

Todavía en 1860, la condesa de Pardo Bazán aseguraba que Goethe, en España, era más admirado que querido, y que Heine era mucho más popular. Hoy se han cambiado las tornas. ¡Qué pena, diría yo, si pienso en Heine… y en España! Porque a fin de cuentas la verdad es que Heine ponía la justicia por encima del orden. Como Don Quijote.

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido