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Böll y la justicia es un tema per se.
No es extraño que a alguien se le ocurriera hace quince años la idea de montar una exposición sobre él, en la sede de los Juzgados, aquí en Colonia. Además se da la circunstancia de que don Enrique (como tuve el privilegio de llamarlo) era coloniense y vivió largos años a un tiro de piedra del edificio donde se hizo esta exposición.
Böll mismo lo cuenta en un texto suyo muy citado: “Domina el barrio el gran palacio con la extensa fachada: atrae a muchos visitantes porque en él reside la gran dama de los ojos vendados. Sería injusto decir que la dama en su palacio sea improductiva, es completamente seguro que hay algo que se produce en sus dominios: polvo, ese polvo especial que se acumula sobre los legajos”.
Pues bien : los responsables de la exposición decidieron soplar el polvo acumulado sobre varios de esos legajos. Y así nos pudimos enterar de que el premio nobel de literatura de 1972 fue reportero de juzgados en 1955, en el juicio seguido en Kaiserslautern contra un presunto uxoricida. Y así volvimos a recordar el papel que jugaron los informes periciales de Böll en la exoneración judicial del gran poeta austríaco Erich Fried y del periodista alemán Günter Wallraff, el autor de Cabeza de turco.
Pero el capítulo quizás más importante de la exposición, y es bueno y congruente que ella tuviera lugar nada menos que en la sede de los Juzgados, fue la documentación del juicio mantenido por Böll contra un comentarista de la TV alemana que lo acusó de ser un incitador al terrorismo de izquierda, la famosa banda Baader-Meinhof.
Pocas veces ha habido en la historia de la literatura un autor más calumniado y perseguido que Böll: su casa, las de sus hijos, fueron una y otra vez blanco de la violación policíaca (no policial), a veces anunciada por un diario amarillista incluso antes de que hubiese tenido lugar… lo que no habla precisamente en favor de la imparcialidad de la policía, en un Estado dizque de derecho, frente al presunto inculpado: la prensa, cierta prensa, estaba informada de antemano.
Se me puede tachar de cínico por lo que voy a decir ahora, pero en el fondo estoy contento de que así sucediera: ello nos valió una obra maestra como es la narración de Böll titulada El honor perdido de Katharina Blum, donde desenmascaró de manera genial los métodos criminales de dicha prensa. Dicho sea de paso, sería bueno que la estatua de la diosa Justicia, en el palacio de los Juzgados de Colonia, ostentase el rostro de Katharina Blum, y que detrás de su proverbial venda nos mirasen invisibles los ojos “claros, serenos” de esa heroína de Böll.