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Surfeando en internet descubro que el Petroselinum sativum, como familiarmente lo llaman los botánicos, era muy apreciado por los antiguos romanos, quienes se lo daban a los gladiadores antes de sus combates. O sea, que el dopaje ya era el pan nuestro de cada día en la vieja Roma.
Eso sí: hay que tener muchísimo cuidado al consumirlo, al humilde perejil, porque su variedad silvestre casi lo equipara visualmente con la cicuta, de la que, como ustedes saben, Sócrates ingirió cierto día una buena dosis, y no precisamente en las rocas, ni aliviada con agua tónica. Una dosis que lo pasaportó para el otro mundo, sea donde fuere que el otro mundo se halle.
El perejil, esta umbelífera de frutos diaquenios, se cuenta entre las más directas competidoras del oloroso y delicioso ajo, y los cocineros saben apreciarla para condimentar sus guisos, en especial cuando en ellos intervienen los pescados.
Pero también los farmacólogos y los curanderos echan mano de ella hasta para la inapetencia no alimenticia, porque en su composición interviene la apiína, substancia dizque afrodisíaca cuya matriz vegetal es el inocente apio. Dicho sea de paso, el apio todavía no está incluido en la lista de la DEA, pero ya verán ustedes cómo llegará el día que meterán en la cárcel a los cocineros que aderecen sus sancochos con sal de apio: les apuesto doble contra sencillo.
Arribado a este punto no puedo sino recordar que el perejil era la especie vegetal preferida por mi paisano Juan Ramón Jiménez.
En el capítulo 121 de Platero y yo, JRJ cuenta la carrera de unas colegialas de Moguer, a ver quién era la primera en llegar corriendo hasta el lugar donde crecían las violetas. El premio no era una medalla de oro, como en las Olimpiadas, sino un libro de estampas que el poeta había recibido la víspera, de Viena. Sólo que al ver correr a las criaturas, el aguafiestas Platero también echó a correr y les ganó en la recta final: «Les dije que aquella carrera la había ganado Platero y que era justo premiarlo de algún modo. Que como Platero no sabía leer, [el libro] se quedaría para otra carrera de ellas, pero que a Platero había que darle un premio. Entonces, acordándome de mí mismo, pensé que Platero tendría el mejor premio en su esfuerzo, como yo en mis versos. Y cogiendo un poco de perejil hice una corona, y se la puse en la cabeza, honor fugaz y máximo, como a un lacedemonio».
Platero y yo es un libro al que siempre vuelvo porque, como el Quijote, como la Odisea, como el teatro de Shakespeare, está majestuosamente coronado de humilde perejil: un «honor fugaz y máximo».