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Vaya por delante que estoy 100% en contra de la violencia dentro y fuera de las canchas de fútbol y que los defensores duros (no siendo nobles, que es lo más común) siempre me han inspirado el más profundo rechazo.
Pero vaya también esto por delante: confieso que me duele más cada niño muerto de hambre en el Chocó, Darfur o Bangladesh que la lesión de un profesional millonario, cuyo desempeño lo expone a tales percances.
Y la tercera premisa es que valoro como un gesto de deportividad ejemplar el hecho de que ese profesional le haya dirigido estas palabras en su cuenta Twitter al defensa que lo lesionó: “@FALCAO: Soner Ertek, gracias por tus mensajes. No te culpes por lo sucedido, son accidentes del fútbol”.
Adelanté esas tres premisas porque he leído un trino donde un tuitero colombiano dice lo siguiente: “Usar a Falcao en un partido contra un equipo de 4ta es como ir por leche en un Ferrari. Gracias Rannieri [sic]”. O sea, que para este tuitero, al pobre espectador del campo de fútbol de ese equipo de cuarta, que ha pagado sus buenos euros para poder ver por una sola vez en su vida, en su pueblo, a un equipo de primera, a ese pobre espectador se lo puede estafar en sus expectativas, no alineando a Falcao, que es por quien él se gastó sus buenos euros. ¡Como si Falcao —a quien le deseo que se recupere sin daños mayores— no fuera sino uno de los profesionales a quienes su patrón pone a jugar para que cumplan con el contrato laboral concertado entre ellos!
¿Qué pasaría si ese tuitero viviera en un pueblo colombiano homologable al francés Chasselay, fuese allá a jugar el Barça y no alinease a Messi, por tratarse de un equipo de 4ta? ¿Cuál sería su comentario en ese caso?
Desgraciada en todo caso la selección mundialista que lo confía todo a un solo jugador. En 2010, jugando en la Premier League inglesa, el defensor Kevin-Prince Boateng lesionó de tal modo a Michael Ballack, que el macho alfa y capitán del once alemán no pudo jugar en el Mundial de Sudáfrica. Pero Alemania llegó a las semifinales y sólo el futuro campeón pudo con ella. De todos modos, quedó de tercera.
En este contexto me gustaría recordar también el Mundial del 62 en Chile, y cómo Pelé se lesionó feo en el segundo partido, contra Checoslovaquia; y puesto que en aquellos tiempos no se permitía el cambio de jugadores, tuvo que aguantar hasta el final del encuentro (los checos jugaban lejos de él, compadecidos, para que no tuviera que correr arrastrando la pierna en busca del balón). A pesar de todo lo cual Brasil fue campeón, con nada menos que Pelé en el banquillo.
O sea, moraleja en ambos casos: lo que cuenta, a fin de cuentas, es el equipo.