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Las afinidades selectivas

Ricardo Bada
09 de junio de 2016 – 10:57 p. m.

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El próximo lunes día 13 se cumplirán 60 años desde que el Real Madrid se proclamó por primera vez campeón de Europa, ganándole 4-3 al Stade de Reims, en un encuentro de poder a poder celebrado en el Parque de los Príncipes, en París.

Comenzó de ese modo un quinquenio espectacular en la historia del fútbol mundial: el equipo merengue (llamado así por el color de su indumentaria) ganó durante cinco años consecutivos las primeras cinco ediciones de la Copa de Europa. Era “el Madrid de Di Stéfano”, porque el once aquél giraba en torno a “la saeta rubia” como los planetas alrededor del sol.

Ese quinquenio fue también el de mis estudios de leyes en la Universidad de Sevilla, así es que tuve ocasión de ver al menos en cinco oportunidades, durante la Liga, a aquella máquina de hacer fútbol, ¡y qué fútbol! A Di Stéfano lo conocía ya de antes, de 1952, cuando en la gira europea del Millonarios le aguaron al Real Madrid la fiesta de sus bodas de oro con un categórico 4-2, pero luego en Sevilla (el partido que yo vi) sólo consiguieron un empate a un gol. Ese día abrileño, ¡ay!, tan lejano entendí que su apodo, “la saeta rubia”, no era fantasía de los cronistas deportivos.

Pero hay que entender también que aquellos fueron duros años de la represión franquista, el régimen del general inferiocre era el paria político del mundo occidental, un vergonzante pedigüeño a las puertas del Mercado Común Europeo, que lo trataba como a un apestado. Y el régimen se tomó venganza de ese ninguneo poniéndose en el sombrero la pluma victoriosa del Real Madrid. Dicho de otro modo, aquel pentacampeón era para nosotros, antifranquistas sin remedio, y aun admirando el juego de Di Stéfano & Co., el equipo del régimen. No conozco a casi ningún antifranquista que sea hincha del Real Madrid.

He dicho “aun admirando el juego de Di Stéfano & Co.” y he dicho bien, porque si se ama el fútbol, y yo lo amo, uno tiene la obligación de colgar los prejuicios políticos al ver en acción sobre todo aquella portentosa línea de ataque que fraguaron Kopa, Rial, Di Stéfano, Puskás (a quien se le conocía por “Cañoncito Pum”, porque donde ponía el ojo ponía la bala) y Gento. El fair play ante todo.

Pero este año, hace dos semanas, al ganar el Real Madrid la final de la Champions y obtener así su undécimo título continental, de repente me di cuenta de que si el Atleti (léase Atlético de Madrid) o el Barça ganan un torneo semejante, son muchos los amigos a quienes les escribo o los llamo por teléfono para compartir su alegría, y en cambio si es el Real Madrid quien lo gana, al único que podría felicitar es a mi sobrino Ricardo. A eso es a lo que llamo “las afinidades selectivas”.

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