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El humorista español Gila nos diseñó con medio siglo de adelanto una manera telefónica de hablar que hoy se practica en público y en privado gracias a los llamados móviles. Que, para empezar, ni siquiera son semovientes. A cambio, muchos usuarios es harto posible que sí pudieran calificarse de semovientes… en el sentido más agropecuario del término.
Conste que no tengo nada en contra de la universalización de las telecomunicaciones. Pero la verdad es que me causa risa, una que puede transformarse en llanto, el espectáculo de calles, autobuses, restaurantes, ¡hasta los servicios!, poblados cada vez más densamente de una muchedumbre de ‘gilas’ cuya gestualidad también se reduce cada vez más a la del sobresalto escuchando el gemido del móvil, la rápida captura del artefacto en algún bolsillo, la frenética pulsación de la tecla ad hoc, y (ya que al móvil suele hablarse más bien ‘en susurro’, como los viejos tratados de anatomía decían que orinaban las vírgenes) el rictus de importancia y casi secreto áulico con que se dicen frases del siguiente tenor: “Estoy en un trancón en la Séptima, mi amor”.
Por supuesto no soy tan lerdo, no necesito que me expliquen lo útiles que pueden ser en la vida profesional, los móviles o celulares: es decir, los ‘giláfonos’, como se les debiera llamar en español. Pero tengo la impresión de que los más de sus usuarios no los emplean en la vida profesional sino para gozar de esa milésima de segundo de celebridad —que según Andy Warhol, hace muy pocos años, todavía era un cuarto de hora— a la que están condenados todos los seres humanos en esta época de los medios de masificación comunicada: la atónita contemplación boquiabierta por quien es todavía más provinciano que el usuario del giláfono. Y en alguna pesadilla que he tenido, pude vislumbrar unos países (Colombia entre ellos) donde todos sus habitantes eran felices poseedores de giláfonos, y se pasaban la vida telefoneando, siguiéndose de ello el resultado práctico de una parálisis nacional ineluctable.
Dicho sea de paso, a lo mejor semejante cosa puede ser incluso una panacea universal. Las organizaciones pacifistas tal vez debieran orquestar una campaña para que a todos los pobladores de nuestro planeta se les entregue gratuitamente un celular. Hasta que algunos aprendiesen a manejarlo con una mano, disparando con la otra su Kalachnikov, se me ocurre que podríamos conseguir una era de paz nunca vivida en la ecúmene.
Por esta brillante idea jamás ganaré el Nobel de la Paz, pero me resigno sabiendo que el mundo está podrido de raíz.