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Los peligros de un título

Ricardo Bada
15 de marzo de 2012 – 06:00 p. m.

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Hace un par de años publicaron en España un libro del alemán Stefan Bollmann, titulado en castellano Las mujeres que escriben también son peligrosas. La palabra ‘también’ estaba subrayada en la tapa del libro. Así parecía completarse el dúo con uno anterior del mismo autor, publicado por la misma editorial: Las mujeres que leen son peligrosas.

Santo y bueno. Pero ocurre que ese nuevo libro en alemán se titula Frauen, die schreiben, leben gefährlich. O sea, en cristiano: Las mujeres que escriben, viven peligrosamente. Lo contrario de lo que decía el título español.

Cambiarle el título a un libro al traducirlo no es tan habitual como en el cine, aunque tampoco es tan raro. Y también hay casos donde sucede todo lo contrario; se deja el original. Puede que sea obvio señalarlo, pero Madame Bovary sigue sin traducirse, después de más de 150 años: que yo sepa, no hay una sola edición suya titulada La señora Bovary. Del mismo modo, como señaló Monterroso, “en ningún país de lengua española habrá quien ponga por título Odiseo al Ulysses de Joyce”. Ni tampoco se ha traducido Fahrenheit 451, pese a que un colombiano sabio, Guillermo Angulo, razonó que “si los buenos traductores convierten las millas en kilómetros, las yardas en metros y los pies y pulgadas en centímetros, el título en español del libro de Bradbury debería ser Celsius 232”.

Pero el caso de Las mujeres que escriben también son peligrosas es bastante distinto porque la modulación gráfica del título remite conscientemente al anterior: Las mujeres que leen son peligrosas. Y eso significa al menos tres cosas que no necesariamente se excluyen entre sí: a) se manipuló el título a efectos de catálogo con la mirada puesta en la venta del producto; b) los responsables de prensa y promoción de la editorial son machistas larvados y aprovechan cualquier resquicio para poner en guardia acerca de las terribles mujeres; y/o c) la estupidez humana no conoce límites (Einstein estaba mucho más convencido de ello que de la existencia del infinito).

Sea como fuere, la evidente esquizofrenia del conjunto contagió a una pobre crítica del libro hasta el punto de titular su reseña Escribir peligrosamente y hablar de que Heine afirmó que las mujeres son peligrosas y que esas palabras explican el origen del título del libro (cuando en realidad lo que explican es lo contrario de lo sugerido en el título de su propia reseña). Y para rematarlo, concluyó asegurando muy seria: “Si regresamos al título del libro cabe preguntarse si las mujeres que escriben siguen viviendo peligrosamente”.

Yo le podría contestar a mi colega que por lo menos ella, sí. En peligro de hablar paja.

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